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Antes de la máquina, cambió la mente

Una inteligencia artificial lee 23.000 libros y encuentra que la apertura cultural que hizo posible la innovación occidental comenzó en plena Edad Media

 

Las claves:

Europa no empezó a innovar el día en que encendió la primera máquina de vapor. Siglos antes, sus textos ya estaban modificando la relación con la autoridad, la incertidumbre, la autonomía individual y el futuro. Un nuevo discussion paper de Radoslaw Stefanski, economista de la Universidad de St Andrews, utiliza modelos avanzados de inteligencia artificial para interpretar 23.064 libros del canon occidental y convertir nueve siglos de cultura literaria en una serie cuantitativa. Su resultado central es extraordinariamente sugerente: entre 1000 y 1920, la resistencia cultural a las ideas nuevas cayó un 51%, y su mayor descenso se produjo entre 1130 y 1230, mucho antes de la imprenta, la Reforma y la Revolución Industrial. El estudio no demuestra que la cultura explique por sí sola el enriquecimiento occidental, pero sí obliga a considerar que la innovación comienza antes que la tecnología: comienza cuando una sociedad —o una empresa— permite cuestionar, experimentar y pensar a largo plazo.

Resumen ejecutivo

🔵 Una nueva forma de medir lo intangible. La IA no se limita a contar palabras: distingue si un libro aprueba, rechaza o simplemente representa jerarquía, miedo a lo desconocido, autonomía, paciencia y otras dimensiones culturales.

🟢 La resistencia cultural a innovar cae un 51%. La “cuña de la innovación” desciende de 2,05 en el año 1000 a 1,01 en 1920. Los textos se vuelven menos deferentes y temerosos ante la incertidumbre, y más favorables a la autonomía y a la planificación a largo plazo.

🟢 El gran giro comienza antes de lo esperado. La mayor caída durante un periodo de cien años se sitúa entre 1130 y 1230. La Edad Moderna no habría iniciado el cambio cultural: lo habría profundizado y acelerado.

🟠 El efecto económico es enorme, pero procede de un modelo. Si la cuña hubiera permanecido congelada en su nivel del año 1000, la productividad estimada para 1920 sería solo el 56,3% de la trayectoria real. El cambio cultural explicaría el 64,8% de la primera aceleración sostenida entre 1500 y 1700.

🔴 No es una prueba causal definitiva. El corpus representa la cultura escrita, conservada y enseñada por las élites occidentales, no las creencias de toda la población. El propio autor reconoce causalidad bidireccional, selección de textos y límites geográficos.

🟢 La lección empresarial es directa. Invertir en tecnología no basta. Una organización muy jerárquica, que penaliza el error, concentra las decisiones y exige resultados inmediatos puede comprar innovación, pero difícilmente producirla.

La Revolución Industrial comenzó antes de la industria

La historia económica suele contarse a través de inventos: la imprenta, la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad o el ordenador. Es una narración visible y cómoda. Podemos fechar una patente, contar fábricas, medir capital e identificar incrementos de productividad.

Mucho más difícil es medir lo que tuvo que ocurrir antes: que discutir una autoridad dejara de ser inconcebible; que probar algo desconocido resultara aceptable; que una persona pudiera defender una idea frente al grupo; y que una sociedad estuviera dispuesta a invertir hoy en un resultado que quizá solo aparecería décadas después.

Max Weber, Joel Mokyr, Deirdre McCloskey y otros historiadores y economistas han situado la cultura en el centro de la explicación del crecimiento moderno. Mokyr —reconocido con el Premio de Ciencias Económicas de 2025 por su trabajo sobre las condiciones del crecimiento impulsado por la innovación— ha defendido que el progreso sostenido necesita sociedades abiertas a las ideas nuevas y al cambio. El problema era empírico: ¿cómo convertir mil años de valores, mentalidades y actitudes en datos comparables?

El trabajo de Stefanski intenta dar ese salto. Su mérito no consiste únicamente en utilizar inteligencia artificial para leer muchos libros. Consiste en diseñar una medida que pueda entrar en un modelo económico como entran la población, el capital o el esfuerzo investigador.

Una IA que interpreta, no una máquina que cuenta palabras

El corpus principal contiene 23.064 obras de Project Gutenberg, escritas o traducidas al inglés, fechadas según el momento y el lugar de composición de la obra original. No pretende ser un censo de todo lo publicado ni representar la cultura mundial. Reconstruye la tradición literaria occidental que las élites escribieron, copiaron, conservaron y enseñaron.

La distinción es fundamental. Durante gran parte del periodo analizado, la mayoría de la población no sabía leer. Los libros no reflejan directamente lo que pensaba un campesino, un artesano o una familia corriente. Reflejan mejor el entorno cultural de quienes gobernaban, enseñaban, debatían, diseñaban instituciones y concentraban buena parte de la capacidad de generar ideas.

Para cada obra, los modelos de lenguaje analizan seis dimensiones inspiradas en el marco de Geert Hofstede:

  • distancia al poder: jerarquía y obediencia frente a igualdad, descentralización y mérito;
  • aversión a la incertidumbre: reglas, dogma y seguridad frente a ambigüedad, experimentación y tolerancia al desorden;
  • individualismo: autonomía y derechos personales frente a identidad y lealtad colectivas;
  • orientación a largo plazo: ahorro, adaptación y planificación frente a tradición estática, reputación y obligaciones inmediatas;
  • orientación al logro y la competencia frente a cooperación, modestia y calidad de vida;
  • indulgencia y libertad frente a contención, ascetismo y normas sociales estrictas.

La innovación metodológica está en separar lo que un libro describe de lo que realmente aprueba. Un diccionario de palabras puede equivocarse de forma espectacular. La autobiografía de una persona esclavizada contiene numerosas referencias a órdenes, dominación y obediencia, pero puede estar condenándolas y defendiendo la autonomía. El príncipe, de Maquiavelo, puede emplear vocabulario similar y, sin embargo, presentar la jerarquía como instrumento de acción política.

El método contextual asigna a El príncipe la puntuación máxima en distancia jerárquica y a la narración de Venture Smith la mínima. Un simple recuento de vocabulario las ordenaría al revés. Ahí reside una de las aportaciones más interesantes del paper: para medir una cultura no basta con saber de qué habla; hay que entender qué conductas legitima.

La “cuña de la innovación”: qué frena y qué impulsa las ideas

Stefanski concentra cuatro dimensiones en una proporción que denomina Innovation Wedge o cuña de la innovación:

Jerarquía + aversión a la incertidumbre
divididas entre
Autonomía individual + orientación a largo plazo

Cuanto mayor es el numerador, más difícil resulta cuestionar, disentir y experimentar. Cuanto mayor es el denominador, más espacio existe para que una idea propia desafíe el consenso y para que el esfuerzo necesario madure con el tiempo. Una cuña elevada representa, por tanto, mayor resistencia cultural a producir y aceptar innovaciones.

Las puntuaciones anuales se acumulan como un capital heredado. Los libros no desaparecen culturalmente al terminar el año en que fueron escritos: se leen, se enseñan y forman parte de instituciones y cánones posteriores. El modelo aplica una depreciación anual del 0,5%, equivalente a una vida media aproximada de 138 años.

Conviene precisar que esos 138 años no son un hecho histórico descubierto por la IA. Son una decisión de calibración destinada a representar la persistencia intergeneracional de la cultura, y el autor comprueba que los resultados principales resisten tasas alternativas. Aun así, la intuición es poderosa: la cultura se parece más a una infraestructura heredada que a un estado de opinión pasajero.

El hallazgo inesperado: el cambio decisivo fue medieval

Entre los años 1000 y 1920, la cuña de la innovación cae de 2,05 a 1,01: un 51%. La distancia jerárquica desciende de 77,4 a 55,2 y la aversión a la incertidumbre, de 84,5 a 64,4. Al mismo tiempo, el individualismo aumenta de 36,8 a 50,5 y la orientación a largo plazo, de 42,2 a 67,5.

No se trata de que los libros modernos dejen de hablar sobre autoridad, normas o libertad. Los pasajes toman posiciones con una frecuencia muy similar en el siglo XIX y en el XI. Lo que cambia es la posición que respaldan.

La mayor sorpresa es temporal. El descenso más intenso de la cuña durante un periodo de cien años se produce entre 1130 y 1230. La orientación al futuro registra su mayor incremento entre 1074 y 1174; la tolerancia ante la incertidumbre mejora especialmente entre 1130 y 1230; y la autonomía avanza con más fuerza entre 1200 y 1300. La gran caída de la distancia jerárquica llega después, entre 1514 y 1614.

Esto modifica la secuencia habitual. La imprenta, la Reforma, la República de las Letras, la Ilustración y la Revolución Industrial pudieron amplificar y canalizar el cambio, pero no necesariamente iniciarlo. Cuando Europa entró en la Edad Moderna, una parte de la infraestructura cultural favorable a la innovación llevaba siglos acumulándose.

El autor es prudente: esos intervalos son ventanas descriptivas, no fechas exactas de ruptura. La evolución tampoco es lineal; hubo retrocesos durante la Baja Edad Media. Y el estudio no identifica qué causó el primer giro. La expansión de universidades, las transformaciones religiosas, el comercio urbano, los sistemas jurídicos, las redes de conocimiento y la propia evolución institucional pueden ser mecanismos interrelacionados.

¿Cuánto crecimiento puede explicar la cultura?

La parte más ambiciosa del estudio introduce la cuña en un modelo de crecimiento basado en la producción de ideas. Una menor resistencia cultural eleva la productividad investigadora: con el mismo esfuerzo humano, se producen más conocimientos útiles, que se acumulan y elevan la productividad general.

En el ejercicio contrafactual, la población sigue su trayectoria histórica, pero la cultura queda congelada en el nivel del año 1000. El resultado es que la productividad de 1920 se situaría en el 56,3% de la obtenida con la trayectoria cultural medida. Dicho de otra forma, la productividad del escenario con cambio cultural es 1,78 veces la del escenario sin ese cambio.

Entre 1500 y 1700, el modelo identifica la primera aceleración sostenida de la productividad. La caída de la cuña explicaría el 64,8% de ese aumento. En 1920, aportaría 0,387 puntos porcentuales al crecimiento anual, equivalentes al 38,7% de la tasa normalizada por el modelo.

Son resultados enormes, pero deben interpretarse correctamente. No significan que un experimento histórico haya demostrado que “la cultura causó exactamente el 64,8% del crecimiento”. Son resultados de contabilidad dentro de un modelo calibrado, condicionados por la forma de medir la cultura y por la elasticidad estimada. El paper aporta una cuantificación disciplinada y comprobable; no cierra el debate causal.

¿Podemos confiar en una IA que lee el pasado?

El estudio incorpora varias defensas frente a esta objeción.

Profesores de literatura, lenguas clásicas y humanidades, sin conocer las puntuaciones del sistema, coincidieron con la dirección establecida por la IA en el 93% de las comparaciones entre libros que conocían. Las series históricas reproducen razonablemente las ordenaciones geográficas de encuestas culturales modernas. Distintos modelos, instrucciones alternativas y métodos de puntuación generan ruido a nivel de cada libro, pero mantienen trayectorias agregadas similares.

Además, un corpus independiente de unas 5.000 obras, procedente de cuatro archivos ajenos a Gutenberg, reproduce la caída de la cuña con el mismo procedimiento. Esta comprobación es especialmente valiosa porque reduce el riesgo de que el resultado sea únicamente producto de las decisiones actuales de digitalización de Project Gutenberg.

Pero las limitaciones permanecen. El 93% procede de comparaciones deliberadamente claras, no de una auditoría de las 23.064 obras. La conservación histórica también selecciona: conocemos los textos que sobrevivieron, fueron copiados y considerados dignos de formar parte del canon. La utilización de traducciones inglesas puede perder matices. Y las tradiciones no occidentales solo aparecen cuando influyeron sobre lo que Occidente escribió y conservó.

Por ello, el paper debe leerse como un avance metodológico de enorme interés, no como una medición definitiva de la cultura humana. Además, se trata de un documento de trabajo publicado en la serie de Economics Discussion Papers de St Andrews, todavía sujeto a debate, revisión y posibles modificaciones.

La lección para las empresas: la innovación tiene una cuña interna

El estudio habla de siglos y continentes, pero su lógica puede trasladarse a una organización. Una empresa puede tener excelentes ingenieros, presupuesto de I+D, herramientas de inteligencia artificial y acceso a capital. Si mantiene una cuña cultural elevada, parte de ese potencial nunca se convertirá en innovación.

Esa cuña aparece cuando nadie contradice al superior; cuando un experimento fallido penaliza la carrera; cuando todas las decisiones deben escalarse; cuando la discrepancia se confunde con deslealtad; o cuando cada proyecto debe justificar un retorno inmediato. En esas condiciones, el problema no es la falta de ideas. Es que las ideas aprenden a no aparecer.

La lectura empresarial del modelo puede resumirse en cuatro preguntas:

  1. Jerarquía: ¿puede una persona con menos rango cuestionar una decisión sin asumir un coste personal?
  2. Incertidumbre: ¿existe espacio real para experimentar sin conocer de antemano el resultado?
  3. Autonomía: ¿los equipos pueden decidir cerca del problema o deben solicitar permiso para cada movimiento?
  4. Largo plazo: ¿la empresa protege proyectos prometedores cuyo aprendizaje necesita tiempo?

Esto no significa eliminar la jerarquía, celebrar cualquier fracaso o convertir la autonomía en individualismo competitivo. Las operaciones necesitan responsabilidad, coordinación y estándares. La clave es distinguir entre una jerarquía que ordena la ejecución y otra que impide el cuestionamiento; entre el error negligente y el experimento bien diseñado; y entre paciencia estratégica y ausencia de disciplina.

Hay otra lección especialmente actual. Muchas compañías intentan medir su cultura contando palabras en encuestas, códigos éticos o comunicaciones internas. El trabajo de Stefanski sugiere algo más exigente: la cultura no es el vocabulario que una organización utiliza, sino las conductas que sus relatos, decisiones y sistemas de promoción terminan legitimando. Una empresa puede repetir “innovación” cientos de veces y castigar al primero que desafía una práctica consolidada.

Los modelos de lenguaje abren aquí una posibilidad interesante: analizar, con privacidad y supervisión humana, no solo qué conceptos aparecen en documentos, actas o aprendizajes de proyectos, sino qué posiciones se respaldan. No para vigilar a los empleados ni producir un índice mágico, sino para detectar la distancia entre los valores declarados y los comportamientos realmente premiados.

Europa y el capital cultural de la innovación

La conclusión también interpela a la política europea. La brecha de innovación con Estados Unidos o China suele explicarse por inversión, escala, capital riesgo, regulación y mercado interior. Todos son factores esenciales. Pero el paper recuerda que existe una infraestructura menos visible: la tolerancia al disenso, la libertad científica, la movilidad del talento, la aceptación del riesgo y la paciencia para que una tecnología madure.

Europa puede aumentar sus presupuestos de investigación y, al mismo tiempo, erosionar su productividad innovadora si burocratiza cada experimento, fragmenta el mercado, penaliza el fracaso honesto o exige certeza antes de financiar lo desconocido. La cultura no sustituye a las instituciones ni al capital: determina cuánto rendimiento innovador pueden extraer de ellos.

Antes que una tecnología, una autorización cultural

El gran valor del trabajo de Stefanski es que convierte una intuición histórica en una hipótesis cuantitativa: antes de que una sociedad produzca más ideas, tiene que reducir el coste cultural de proponerlas.

Quizá la riqueza moderna no comenzó con una máquina concreta, sino con una transformación mucho más lenta: la posibilidad de pensar que la autoridad podía equivocarse, que lo desconocido merecía ser explorado, que una persona podía defender una idea propia y que el futuro justificaba un esfuerzo presente.

Para una empresa, la conclusión es igualmente incómoda. La tecnología puede comprarse. El talento puede contratarse. El presupuesto puede aprobarse. Pero si la cultura continúa diciendo —aunque nunca lo escriba— “no contradigas, no arriesgues, no esperes”, la innovación seguirá encontrando una barrera invisible.

La cultura, en definitiva, no acompaña a la innovación. Decide cuántas ideas llegan a convertirse en progreso.

 

Fuentes: Radoslaw Stefanski, Cultural Capital and the Productivity of Ideas: Evidence from Historical Texts, Economics Discussion Paper nº 2602, University of St Andrews, Pablo Malo; Premio de Ciencias Económicas 2025 sobre Joel Mokyr y las condiciones culturales del crecimiento; Joel Mokyr, A Culture of Growth: The Origins of the Modern Economy; el modelo de dimensiones culturales de Hofstede; y Schulz, Bahrami-Rad, Beauchamp y Henrich, The Church, Intensive Kinship, and Global Psychological Variation, Science, 2019.

Foto: hanson-lu-zYZyhl0bkjY-unsplash

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