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El gran reequilibrio: por qué todo parece estar rompiéndose — y por qué ese es precisamente el objetivo

La clave:

  • Este artículo es una opinión sobre “El Gran Reequilibrio”, un ajuste profundo de la economía y la política global. Aunque Trump es un personaje controvertido, muchas de las cuestiones que aborda —como la dependencia de cadenas de suministro, la deuda creciente y la competencia con China— son problemas reales que exigen atención. La reflexión central: más allá del mensajero, estos desafíos incómodos deben gestionarse

 

«Puedes ignorar la realidad, pero no puedes ignorar las consecuencias de ignorar la realidad».
— Ayn Rand

Esto no es un colapso. Es una corrección. El modelo posterior a la Guerra Fría —mano de obra barata, crédito ilimitado, industria vaciada, bajo gasto en defensa y márgenes elevados sostenidos por ilusiones— siempre fue frágil. Solo ahora se reconoce como insostenible.

El sistema cedió bajo el peso de sus propias contradicciones: deuda desbordada, declive industrial, abandono militar, dependencia energética, migración sin control, fragmentación interna y una profunda dependencia de adversarios geopolíticos. No se trata de crisis aisladas, sino del efecto rebote de un diseño que priorizó la eficiencia y despreció la resiliencia.

Este reajuste afecta a casi todos los ámbitos: cadenas de suministro reforzadas frente a disrupciones, compromisos de defensa finalmente asumidos, dependencias energéticas desmanteladas, presiones migratorias reconocidas y un ajuste interno frente a desigualdades ignoradas durante décadas. No son crisis independientes, sino síntomas de un mismo sistema que ha agotado sus ilusiones.

El Gran Reequilibrio no supone un retorno al nacionalismo ni el fin de la globalización. Es su maduración: un intento de alinear valores con resiliencia y estrategia con sostenibilidad. Lo que viene será más desordenado y más lento, pero también más honesto. Y, con el tiempo, probablemente más estable.

I. De los bienes baratos a las verdades caras

Durante treinta años, los líderes occidentales vendieron una narrativa única: la globalización era inevitable, el crecimiento constante y la eficiencia el bien supremo. Cuando los empleos se deslocalizaron, señalaron los precios bajos. Cuando la manufactura desapareció, prometieron reciclaje laboral. Cuando la deuda se disparó, la llamaron inversión.

Y durante un tiempo, la ilusión funcionó. La caída de la Unión Soviética y la liberalización económica de China provocaron un shock único en el mercado laboral global. Cientos de millones de trabajadores —antes fuera del sistema capitalista— entraron casi de la noche a la mañana en las cadenas globales de suministro. La entrada de China en la OMC en 2001 aceleró una carrera a la baja en salarios y estándares laborales. Los consumidores occidentales obtuvieron bienes más baratos; los trabajadores occidentales recibieron cartas de despido. Fue un pacto que pocos votaron y menos aún comprendieron entonces.

La adhesión de China a la OMC, la energía barata rusa y un dividendo demográfico mantuvieron el sistema en marcha. Pero era impulso prestado, y ese impulso se ha agotado.

Un atracón de deuda de 20 billones de dólares en Estados Unidos, coronado por otros 5 billones en estímulos durante la COVID, mantuvo la ilusión un poco más. Los mercados se dispararon. Los salarios se estancaron. La brecha entre prosperidad aparente y experiencia real se volvió tan profunda que, cuando comenzó la corrección, muchos la confundieron con un colapso. En realidad, la realidad simplemente alcanzó al sistema.

II. Las grietas en los cimientos

1. Comercio, deuda y el vaciamiento de la clase media

«Excedimos la globalización. Asumimos que los mercados podían resolver todos los problemas estratégicos».
— Larry Summers, ex secretario del Tesoro (2022)

La economía estadounidense evolucionó hacia el consumo: importando bienes y exportando deuda. Los déficits comerciales promediaron entre el 4 % y el 5 % del PIB durante dos décadas. Los déficits fiscales se dispararon. Mientras tanto, la clase media —el lastre del sistema— comenzó a deshacerse.

Los salarios reales se estancaron. El empleo manufacturero cayó de 19 millones en 1980 a menos de 13 millones en 2020. El 10 % más rico posee hoy más de dos tercios de la riqueza neta de los hogares, mientras que la mitad de los estadounidenses no puede afrontar una emergencia de 500 dólares.

La desigualdad no solo erosiona la confianza: debilita la demanda, deprime la productividad y desestabiliza las democracias. Una economía basada en el consumo no puede prosperar cuando la clase media vive al día. La desigualdad económica no es un subproducto; es un fallo estructural.

Para muchos estadounidenses, lo más irritante no fue solo la deslocalización, sino que se les pidiera aceptarla con gratitud, para luego enfrentarse a despidos, estancamiento y, como insulto final, ser desplazados en su propio país por candidatos menos cualificados en nombre de la Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI). Perder un empleo frente a alguien dispuesto a trabajar por salarios ínfimos fue duro. Que se les dijera que no pertenecían al “perfil adecuado” para un puesto para el que estaban cualificados se sintió como una traición. Para muchos, la DEI no fue solo una política: fue la gota que colmó el vaso.

2. Defensa y dependencia estratégica

«Debemos reducir nuestras dependencias, no solo energéticas, sino en todos los materiales estratégicos. Europa debe recuperar su soberanía».
— Emmanuel Macron, presidente de Francia (2023)

Europa disfrutó de un dividendo de paz mientras Estados Unidos asumía el coste de la OTAN. En 2014, solo tres países cumplían el objetivo del 2 % del PIB en defensa. Luego llegó Crimea. Después Ucrania. Alemania, históricamente reticente al gasto militar, dio un giro radical: primero con un fondo de rearme de 100.000 millones de euros y luego con un plan de modernización de un billón de euros.

Lo que muchos calificaron como un fracaso diplomático —una tensa rueda de prensa entre Trump y Zelenski— logró lo que décadas de diplomacia silenciosa no habían conseguido: reparto de cargas en Europa. Las formas fueron incómodas. El resultado fue exactamente el que Trump buscaba.

3. Energía: ingenuidad frente a necesidad

La decisión alemana de cerrar sus centrales nucleares y profundizar su dependencia del gas ruso fue una contradicción evidente. En 2020, más de la mitad de su gas procedía de Rusia. Luego llegó la guerra. Los precios se dispararon. Las fábricas se paralizaron. La carrera hacia el GNL, la reconsideración de la energía nuclear y el giro hacia las renovables expusieron una verdad incómoda: la política energética europea confundió aspiración con estrategia.

La transición climática sigue siendo esencial, pero debe construirse sobre realismo geopolítico. Ningún esfuerzo serio de descarbonización puede permitirse semejante fragilidad.

4. Cadenas de suministro y el ajuste con China

«Hemos sido ingenuos. China está utilizando la interdependencia económica como arma».
— Gina Raimondo, secretaria de Comercio de EE. UU. (2023)

La pandemia no fue solo una emergencia sanitaria: fue una radiografía de la fragilidad sistémica. Los bienes esenciales desaparecieron. El “just in time” se convirtió en “demasiado tarde”. El mundo redescubrió que la eficiencia sin colchón es fragilidad por diseño.

Pero las debilidades no eran solo económicas, sino geopolíticas. En el centro del modelo productivo global estaba China, un Estado cada vez más dispuesto a usar su poder económico como palanca. Robo masivo de propiedad intelectual, transferencias forzadas de tecnología, ciberataques, programas de vigilancia agresivos, chips espía, globos de vigilancia y expansión naval en el mar de China Meridional no fueron episodios aislados, sino señales sistémicas.

Durante décadas, la política estadounidense trató la relación con China como un asunto de acceso a mercados, no de resiliencia nacional. En los años 2020, esa ilusión se derrumbó.

Hoy, la relocalización y el “friend-shoring” definen la estrategia empresarial. Los gobiernos respaldan la producción nacional de semiconductores, medicamentos, tierras raras y materiales de defensa. Lo que empezó como optimización de costes termina en reconstitución estratégica.

5. Presión migratoria y tensión cultural

La migración masiva definió las primeras décadas del siglo XXI. Estados Unidos recibió más de 20 millones de inmigrantes entre 2000 y 2024; Europa, más de 30 millones. En países como Suecia, los nacidos en el extranjero superan el 20 %. En EE. UU., la proporción se acerca a máximos centenarios.

El optimismo inicial dio paso a la tensión: vivienda, integración y confianza pública. La migración dejó de verse solo en términos económicos y pasó a ser una prueba de identidad nacional y estabilidad democrática.

6. DEI y el repliegue interno

«La equidad solía significar justicia. Ahora significa discriminar al revés».
— Bill Maher (2022)

Si la globalización externalizó empleos, la DEI reconfiguró la competencia interna. Para muchos trabajadores desplazados, estas políticas se percibieron como una segunda ola de desposesión. Programas de oportunidad se transformaron en cuotas percibidas como arbitrarias. A despidos siguieron talleres; a estancamiento salarial, formación obligatoria.

La reacción fue personal, no solo política. El contrato social se fragmentó dentro de empresas, escuelas y comunidades.

7. El ajuste de los tipos de interés

La deuda nacional de EE. UU. supera los 34 billones de dólares (125 % del PIB). Solo los intereses anuales exceden ya el billón de dólares, más que todo el presupuesto de defensa. No es un pico temporal, sino el resultado acumulado de décadas de irresponsabilidad fiscal.

Las obligaciones no financiadas de la Seguridad Social y Medicare superan los 100 billones. La matemática no cierra, y todos lo saben. La alternativa es disciplina o crisis.

III. Cuando el hombre equivocado acertó

Trump fue la respuesta, no porque escuchara con detalle, sino porque reconoció agravios que otros habían descartado. Apuntó directamente a las fallas del sistema: defensa, migración, China, industria, energía y DEI. Lo que se calificó como caos siguió un patrón claro.

No fue ajedrez en cuatro dimensiones, pero sí disrupción estratégica. Muchas de sus políticas —aranceles, relocalización industrial, presión a aliados— fueron luego adoptadas de forma bipartidista.

IV. ¿Y ahora qué?

Esto no es una reacción. Es una corrección. La deuda tiene límites. La dependencia tiene costes. Un sistema construido sobre abstracciones acaba chocando con la realidad física, social y estratégica.

No es el fin de la integración global, sino un giro hacia el realismo. Las cadenas de suministro serán más cortas y redundantes. Las alianzas persistirán, pero con reparto de costes. El crecimiento continuará, pero no a costa de la estabilidad.

No es colapso. Es corrección. Y apenas está comenzando.

Fuente: The Long View

Foto: scottsdale-mint-kGpq0hj_xc0-unsplash

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