Las claves:
- Europa necesita cientos de miles de millones de euros para recuperar competitividad, transformar su industria y cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos y China. El capital existe. El problema es que una parte creciente no termina en nuevas fábricas, laboratorios, tecnología o capacidad productiva, sino en activos financieros, dividendos y recompras de acciones.

🟢 Europa dispone de ahorro, empresas rentables y capacidad financiera. Los hogares europeos generaban ya cerca de 1,4 billones de euros anuales de ahorro en 2022, muy por encima de Estados Unidos.
🟡 La inversión empresarial resiste, pero no acelera al ritmo necesario. El BEI constata que la inversión corporativa se mantiene estable en términos reales y que crece la inversión en activos intangibles, aunque la incertidumbre está debilitando los nuevos proyectos.
🔴 El capital se aleja progresivamente de la economía productiva. Entre las grandes cotizadas europeas, la reinversión neta por cada euro de beneficio se ha reducido a menos de la mitad en 25 años, mientras aumentan los dividendos, las recompras y las posiciones financieras.
El giro silencioso de las grandes empresas europeas
Durante décadas, las empresas no financieras desempeñaron una función económica bastante clara: captaban ahorro y financiación para invertir en maquinaria, instalaciones, conocimiento, empleo y crecimiento.
Pero esa relación se ha invertido.
Un estudio elaborado por Mariana Mazzucato y el Institute for Innovation and Public Purpose de University College London para la Confederación Europea de Sindicatos analiza las cuentas de las 300 mayores empresas no financieras cotizadas de Europa durante los últimos 25 años. Según sus autores, esta muestra representa alrededor del 40% del PIB de la Unión Europea.
La principal conclusión es tan sencilla como incómoda: las grandes corporaciones europeas ahorran actualmente más de lo que invierten. Desde 2009, el conjunto del sector empresarial no financiero se ha convertido en prestamista neto del resto de la economía, una posición históricamente asociada a los hogares y no a las empresas productoras.
No significa que las empresas hayan dejado de invertir. Significa que una parte creciente del excedente generado por sus operaciones se dirige hacia usos financieros en lugar de ampliar su capacidad productiva.
De cada 100 euros de beneficio, solo 7,4 vuelven a la capacidad productiva
La cifra que mejor resume esta transformación es la evolución de la reinversión neta.
En 2000, las grandes empresas europeas reinvertían en nueva capacidad productiva —descontando la depreciación de sus activos existentes— el equivalente al 18,9% de sus beneficios brutos. En 2024 esa proporción había descendido hasta el 7,4%.
En paralelo, los dividendos y las recompras de acciones habrían pasado de absorber aproximadamente el 27% de los beneficios netos en 2000 al 68% en 2024, según el estudio. Los beneficios brutos de las empresas analizadas crecieron un 151% durante el periodo, frente a un 87% de las remuneraciones.
El problema, por tanto, no sería necesariamente que Europa genere pocos beneficios. Sería que cada euro adicional de beneficio tiene una probabilidad cada vez menor de acabar financiando una fábrica, un laboratorio, una patente o una nueva línea de producción.
Mariana Mazzucato sostiene que la restricción fundamental para el crecimiento europeo no se encuentra únicamente en el coste del trabajo o en la regulación, sino en la forma en que se asigna el capital. Cuando los activos financieros ofrecen una rentabilidad más inmediata y menos incierta que una inversión industrial, la racionalidad financiera de cada empresa puede producir un resultado colectivo perjudicial: más liquidez y menos capacidad productiva.
Mucho ahorro y una enorme necesidad de inversión
La paradoja coincide con el diagnóstico formulado por Mario Draghi sobre la competitividad europea.
El informe Draghi estima que la Unión Europea necesita entre 750.000 y 800.000 millones de euros adicionales de inversión cada año, equivalentes aproximadamente al 4,4%-4,7% del PIB europeo, para cumplir sus objetivos energéticos, digitales, industriales, tecnológicos y de seguridad. La tasa de inversión europea debería pasar de alrededor del 22% del PIB al 27%.
Pero el propio informe reconoce que la inversión productiva es débil “a pesar de la abundancia de ahorro privado”. En 2022, los hogares de la UE generaron 1,39 billones de euros de ahorro, frente a 840.000 millones en Estados Unidos. Sin embargo, ese ahorro no se canaliza con suficiente eficacia hacia las empresas, la innovación y los proyectos estratégicos europeos.
De ahí la verdadera contradicción:
Europa tiene el ahorro. Tiene las necesidades de inversión. Tiene empresas rentables. Pero no dispone todavía de los mecanismos ni de los incentivos adecuados para unir las tres piezas.
El BCE coincide en que la fragmentación de los mercados de capitales, las diferencias fiscales y regulatorias y la falta de infraestructuras financieras comunes reducen la escala, la liquidez y el atractivo de invertir dentro de Europa. Sin mercados profundos y verdaderamente integrados, las empresas innovadoras encuentran más dificultades para obtener capital riesgo, crecer y permanecer en el continente.
No toda la inversión se está hundiendo
El diagnóstico requiere, no obstante, una precisión importante.
El último informe de inversión del Banco Europeo de Inversiones señala que la inversión corporativa europea se ha mantenido bastante estable en términos reales pese a las tensiones geopolíticas, los costes energéticos y la incertidumbre comercial. La inversión en investigación, innovación, capacidades y otros activos intangibles continúa creciendo, aunque es especialmente vulnerable cuando aumenta la incertidumbre.
Además, el 86% de las empresas europeas encuestadas por el BEI seguía teniendo previsto invertir, un porcentaje apenas inferior al del año anterior.
Por tanto, no estamos ante una desaparición generalizada de la inversión empresarial. El problema es más específico: Europa invierte, pero no con la composición, la escala ni la velocidad necesarias para transformar su modelo productivo.
Los datos del BCE refuerzan esta lectura. La inversión en activos intangibles sigue avanzando, mientras que la inversión tangible —maquinaria, equipamiento y capacidad física— presenta un comportamiento mucho más débil.
Es precisamente esa inversión tangible la que sostiene buena parte de la industria, las cadenas de suministro, la autonomía energética y la producción estratégica.
Empresas rentables que reducen empleo
El estudio de Mazzucato también conecta la financiarización con las reestructuraciones empresariales.
Más de dos tercios de las compañías analizadas anunciaron procesos de reestructuración durante el periodo estudiado, con 2,7 millones de puestos de trabajo potencialmente afectados. Cerca del 80% de esos anuncios procedía de empresas que habían obtenido beneficios ese mismo año.
Esto no demuestra que todas las reestructuraciones sean innecesarias ni que repartir dividendos sea incompatible con invertir. Muchas compañías maduras deben adaptar sus estructuras, cerrar negocios obsoletos o devolver capital cuando no encuentran proyectos suficientemente rentables.
Pero sí revela un cambio relevante: la existencia de beneficios ya no protege necesariamente ni la inversión industrial ni el empleo. En muchos casos, la reestructuración no responde a una situación de pérdidas, sino al objetivo de elevar márgenes, mejorar la rentabilidad sobre el capital o satisfacer las expectativas de los mercados financieros.
A corto plazo, estas decisiones pueden mejorar los indicadores empresariales. A largo plazo, si se generalizan, pueden reducir el stock de capital, debilitar la innovación y limitar el crecimiento de la productividad.
Tres diagnósticos que empiezan a converger
Mariana Mazzucato pone el foco en la financiarización de las grandes empresas y en una gobernanza demasiado orientada al rendimiento inmediato del accionista.
Mario Draghi subraya la insuficiencia de la inversión productiva, la fragmentación de los mercados financieros y la necesidad de movilizar hasta 800.000 millones de euros adicionales cada año.
El Banco Europeo de Inversiones ofrece una visión más matizada: la inversión ha demostrado resistencia, pero Europa necesita acelerarla, mejorar su calidad y concentrarla en innovación, energía, digitalización y capital humano.
Son diagnósticos procedentes de perspectivas diferentes, pero comparten una idea esencial:
La competitividad europea no se resolverá únicamente reduciendo costes. Exige conseguir que el capital vuelva a financiar crecimiento, innovación y capacidad productiva.
Del dinero disponible al capital productivo
El debate no debería reducirse a elegir entre intervención pública y mercado. La cuestión central es cómo diseñar instrumentos que orienten capital privado hacia inversiones con retornos económicos y estratégicos a largo plazo.
El BEI aporta algunas pistas. El 62% de las empresas europeas afirma encontrar dificultades para operar o exportar dentro del propio mercado único debido a la fragmentación normativa. La eliminación de esas barreras podría elevar alrededor de un 10% la relación entre inversión y activos empresariales, con un efecto aún mayor sobre la inversión intangible.
También existen evidencias de que los instrumentos públicos bien diseñados pueden movilizar inversión privada sin sustituirla. Según el BEI:
- Cada euro de garantía presupuestaria europea canalizado mediante InvestEU puede generar alrededor de 15 euros de inversión en la economía real.
- Las empresas que reciben financiación del BEI invierten un 15% más que compañías comparables.
- Su productividad posterior es aproximadamente un 5% superior.
La propuesta que emerge combina cuatro líneas de actuación: condicionar mejor las ayudas públicas; compartir entre el sector público y el privado tanto los riesgos como las recompensas; integrar los mercados europeos de capitales; y promover una gobernanza empresarial capaz de equilibrar dividendos, empleo e inversión a largo plazo.
La gran pregunta para Europa
Europa no necesita penalizar el beneficio empresarial. Necesita que una mayor parte de ese beneficio vuelva a convertirse en productividad, tecnología, industria y crecimiento futuro.
Tampoco se trata de cuestionar todos los dividendos o recompras. Ambos pueden ser instrumentos legítimos de asignación de capital. La señal de alarma aparece cuando el retorno al accionista crece de forma sostenida mientras cae la reinversión neta, envejecen los activos industriales y aumenta la brecha tecnológica.
La cuestión decisiva ya no es cuánto dinero existe en Europa.
La cuestión es si ese dinero seguirá financiando activos financieros o volverá a construir las fábricas, las empresas y las capacidades que Europa necesita para competir.
Fuentes: Mariana Mazzucato en Social Europe y estudio Labour Squeezed, Investment Stalled, elaborado por UCL Institute for Innovation and Public Purpose para la Confederación Europea de Sindicatos; Informe Draghi; EIB Investment Report 2025/2026 y EIB Investment Survey 2025 del Banco Europeo de Inversiones
Foto: sara-kurfess-untSDM2Hihg-unsplash
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