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¿Cómo la crisis de la covid-19 puede cambiar la sociedad?

Las empresas hemos pasado la mayor parte de los últimos nueve meses luchando para adaptarnos a circunstancias extraordinarias y, aunque todavía no hemos ganado la batalla contra la Covid-19 a pesar de tener ya vacunas a la vista, hay al menos un poco de luz al final del túnel, y la esperanza de que no nos atropelle otro tren. El año 2021 será de transición. Salvo que se presente una catástrofe inesperada, tanto las personas como las empresas y la sociedad podrán empezar a mirar cómo moldear su futuro en lugar de solo tratar de sobrevivir al presente. La nueva normalidad va a ser distinta; no implicará un regreso a las circunstancias que prevalecían en 2019. De hecho, así como los términos “preguerra” y “posguerra” se usan comúnmente para describir el siglo XX, es probable que las futuras generaciones lleguen a hablar de la época anterior y la época posterior a la Covid-19.

El año 2021 será de transición. Salvo que se presente una catástrofe inesperada, tanto los individuos como las empresas y la sociedad podrán empezar a mirar cómo moldear su futuro en lugar de solo tratar de sobrevivir al presente.

En esta serie de 3 artículos identificamos algunas de las tendencias que darán forma a la nueva normalidad. Hablaremos de la manera en la que éstas afectarán la economía global y la sociedad, y de cómo se adaptarán las empresas a la realidad post-pandemia.

En la primera entrega profundizamos en cómo la crisis de la Covid- 19 y la recuperación están moldeando la economía global.

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En la segunda, nos centramos en entender cómo se están adaptando las empresas a los cambios provocados por el Covid- 19 y sus consecuencias.

¿cómo se están adaptando las empresas a los cambios provocados por el Covid-19?

Finalmente, en esta tercera entrega abordaremos los cambios en la sociedad.

Cómo la crisis de la covid-19 puede cambiar la sociedad

Los sistemas de salud hacen un balance… y hacen cambios

Reformar los sistemas de salud es difícil. Aunque es necesario ser precavidos cuando hay vidas humanas de por medio, una consecuencia es que, con frecuencia, la modernización es más lenta de lo que debería ser. Los aprendizajes producidos por las experiencias asociadas con la Covid-19 pueden mostrar la forma de crear sistemas de salud más fuertes en la post-pandemia.

Pensemos en el caso de Corea del Sur. Cuando el virus conocido como MERS por sus siglas en inglés (síndrome respiratorio de Oriente Medio), atacó en el año 2015 — y produjo la muerte de 38 coreanos—, el gobierno recibió muchas críticas por no haber respondido bien a las circunstancias. Como resultado, tomó medidas para mejorar su preparación en la gestión de una pandemia, de modo que estaba listo cuando estalló la crisis de la Covid-19 en enero de 2020. La realización de pruebas masivas, así como el rastreo de contactos y las medidas de confinamiento empezaron casi de inmediato. Y funcionó. Aunque el país empezó a ver un aumento significativo de los casos nuevos en diciembre, menos de 1.000 surcoreanos murieron por causa de la Covid-19 en todo el 2020.

Sin duda, los gobiernos de todo el mundo crearán grupos de trabajo especializados, harán investigaciones y crearán comisiones para analizar sus acciones relacionadas con la crisis de la Covid-19. La clave es ir más allá de la tentación de simplemente asignar culpas (o atribuirse méritos). En lugar de eso, hay que encaminar los esfuerzos a pensar, haciendo énfasis en la idea de convertir las dolorosas lecciones de la covid-19 en medidas efectivas.

Estar mejor preparados para la próxima pandemia, tanto a nivel nacional como internacional, tiene que ser una prioridad. Con demasiada frecuencia se menosprecian las inversiones en prevención y capacidad de la salud pública. La experiencia de la Covid-19 demuestra lo costosa, tanto en vidas como en medios de subsistencia, que puede ser esa idea. Una infraestructura de salud pública mejorada y la modernización de los sistemas de salud, entre otros, el uso amplio de la telemedicina y la salud virtual, son dos áreas en las que hay que trabajar.

Las empresas también tendrán una función. Los empleadores deben aprovechar la oportunidad para aprender de la pandemia sobre cómo rediseñar los lugares de trabajo, cómo crear ambientes profesionales más sanos y cómo invertir de forma efectiva en la salud de los empleados.

La resaca empieza a medida que los gobiernos encaran la creciente deuda

La escala de la respuesta fiscal a la crisis de la Covid-19 ha sido inédita y tres veces mayor que la que se vio durante la crisis financiera de 2008-2009. Solo en el G-20, se estima que los paquetes fiscales suman más de 10 billones de dólares USD. Pocos cuestionan las razones humanitarias y económicas para una acción tan fuerte, pero incluso en una época de tasas de interés bajas, el ajuste de cuentas puede ser doloroso.

En febrero de 2020, Janet Yellen, elegida por Joe Biden para dirigir la secretaría del Tesoro, dijo que “la senda que ha seguido la deuda de Estados Unidos es totalmente insostenible con los impuestos y los planes de gasto actuales” . Desde entonces, el gobierno federal de Estados Unidos ha asignado billones en aliviar a la crisis causada por la Covid-19. Esto ha puesto al país en un nuevo territorio fiscal, en el cual la deuda pública proyectada es más grande que la economía en el año fiscal 2021; es la primera vez que esto sucede desde poco después de la Segunda Guerra Mundial.

Canadá está proyectando un déficit de 343 mil millones de dólares canadienses—un aumento de más del 1.000 por ciento con respecto al déficit en el 2019—, lo cual pone la deuda nacional por encima del billón de dólares canadienses por primera vez en la historia. En China, los estímulos fiscales de 500 mil millones de dólares USD elevarán el déficit fiscal del país a una cifra récord de 3,6 por ciento del PIB. En el Reino Unido, la deuda subió a más de 2 billones de libras, un récord y más del cien por ciento del PIB. En la eurozona, la suma de los déficits presupuestales en octubre representaba el 11,6 por ciento del PIB, en comparación con el 2,5 por ciento en el primer semestre del 2020; la deuda total alcanzó un récord de un 95 por ciento del PIB. Esto parece comparativamente insignificante si pensamos en Japón, que tiene la relación deuda-PIB más alta del mundo, con más del 200 por ciento. Y aunque los repagos por cuenta de la deuda de 73 países pobres fueron congelados, las obligaciones siguen ahí.

A medida que la pandemia se vaya desvaneciendo, los gobiernos tendrán que encontrar la forma de enfrentar sus dificultades fiscales. Aunque las tasas de interés están, por lo general, bajas, eso podría implicar subir impuestos o recortar el gasto, o los dos. El hecho de hacerlo podría disminuir el ritmo de la recuperación y disparar una reacción política. Pero los altos niveles de deuda pública conllevan sus propios costes, ya que reducen la deuda privada y limitan los recursos disponibles cuando los gobiernos tienen que cumplir con los pagos de su deuda.

A medida que la pandemia se vaya desvaneciendo, los gobiernos tendrán que encontrar la forma de enfrentar sus dificultades fiscales. Aunque las tasas de interés están, por lo general, bajas, eso podría implicar subir impuestos o recortar el gasto, o los dos.

Aunque algunas medidas provisionales —tales como la mejora de las operaciones del gobierno, la monetización de los activos y la reducción de las filtraciones fiscales— pueden ser útiles, la respuesta a largo plazo es crecimiento y productividad. Así fue básicamente como Estados Unidos logró reducir su deuda nacional de 118 por ciento del PIB en 1946 a menos de 31 por ciento en 1981 . Para promover el crecimiento se necesitará una regulación alentadora, fuerzas laborales bien capacitadas y la continua difusión de las tecnologías. Pero, sobre todo, se necesitarán individuos, empresas y gobiernos que estén dispuestos a acoger el cambio.

Pagar la deuda no es una cosa emocionante, pero si queremos tener estabilidad económica —y ser justos con las futuras generaciones— es algo que debe tomarse en serio y no dejarse para mañana.

El capitalismo de las partes interesadas llega a la madurez

La idea de que las empresas deben tratar de atender los intereses de los consumidores, los proveedores, los trabajadores y la sociedad, así como de los accionistas, no es nueva. El fabricante de la conocida marca de chocolates americanos Milton S. Hershey lo expresó de esta manera hace más de un siglo: “El emprendimiento es una cuestión de servicio a la humanidad” En 1759, el filósofo más importante del capitalismo, Adam Smith, escribió en La teoría de los sentimientos morales que el individuo “también es consciente de que sus propios intereses están conectados con la prosperidad de la sociedad, y que la felicidad, y tal vez la preservación de su existencia, depende de la preservación de esta” . Más aun, el propio mercado libre ha sido una fuerza social positiva, que ha alimentado el crecimiento económico que, a su vez, ha producido importantes avances en salud, longevidad y prosperidad general en todo el mundo.

No obstante, existe una amplia desconfianza en las empresas, tal como lo han mostrado varias encuestas y elecciones. Ahí es donde entra el capitalismo de las partes interesadas o stakeholder capitalism, como un puente entre las empresas y las comunidades de las que forman parte. La crisis de la Covid-19 ha resaltado la interconexión de las empresas y la sociedad. “Va a ser un verdadero punto de inflexión” , dice Rajnish Kumar, presidente del Banco Estatal de la India . “y lo que aprendamos de este proceso no debe desaprovecharse”.

El creciente protagonismo de la noción del capitalismo de las partes interesadas es más que solo discurso (aunque hay que reconocer que todavía hay mucho que hablar). Por ejemplo, las compañías que se certifiquen como “Empresas B” están obligadas por ley a considerar en sus decisiones los intereses de todas las partes interesadas, y esto incluye el cambio de sus estructuras de gobierno para ese fin. En 2007 se certificaron las primeras “B Corporations”; ahora hay más de 3.500.

Nada de esto significa que las empresas no deban tratar de buscar ganancias. Tal como anotaban algunos de nuestros colegas recientemente, “existe un término para definir una compañía impulsada por las mejores intenciones pero que no produce dinero: fallecida” En lugar de eso, todo esto representa un argumento para impregnar las ganancias —un indicador que se puede medir con facilidad— con un sentido de propósito, algo que los humanos buscamos de forma natural.

No creemos que haya un conflicto entre esas dos cosas. En un estudio que analizó 615 empresas estadounidenses cotizadas de mediana y gran capitalización desde 2001 hasta 2015, el MGI encontró que aquellas con una visión a largo plazo —un elemento clave del capitalismo de las partes interesadas— superaron al resto en ganancias, ingresos, inversión y crecimiento del empleo. Y una encuesta global de McKinsey realizada en febrero del 2020 puso de manifiesto que la mayoría de los ejecutivos y profesionales encuestados dijeron que creían que los programas ambientales, sociales y de gobernanza ya creaban valor a corto y medio plazo y que lo harían todavía más en un plazo de cinco años.

En el capitalismo de las partes interesadas no se trata de ser el más consciente ni de esquivar a los activistas. Se trata de construir la confianza —llamémosla el “capital social”—que las empresas necesitan para seguir haciendo negocios. Y se trata de reconocer que crear valor a largo plazo para los accionistas requiere algo más que centrarse solo en los accionistas


En marzo de 2020, algunos de nuestros colegas de McKinsey afirmaron que la crisis de la Covid-19 podía ser el “imperativo de nuestro tiempo” . Un mes después comentamos que podría producir una “inmensa reestructuración del orden económico y social” . Hoy nos mantenemos en esas afirmaciones. La pandemia de la Covid-19 ha sido una catástrofe económica y humana, y está lejos de terminar. Pero con el comienzo de la vacunación, es posible ser moderadamente optimista acerca de que la próxima normalidad surgirá durante este año o el siguiente.

Y creemos que, en cierta forma, esa normalidad puede ser mejor. Con un buen liderazgo, tanto de parte de las empresas como de los gobiernos, los cambios que describimos —en productividad, crecimiento verde, innovación médica y resiliencia— pueden constituir bases duraderas para el largo plazo.

Fuente: Kevin Sneader y Shubham Singhal/ Mckinsey

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