Skip to main content

Daron Acemoglu: “Europa se ha quedado muy, muy atrás respecto a China y EEUU y no es consciente de ello”

La clave: 

  • El catedrático del MIT repasa los retos que plantea el futuro de la inteligencia artificial y los riesgos a los que nos enfrentamos en el nuevo año: desde la amenazas de Trump hasta la guerra global de los chips
Retrato de Daron Acemoglu
Retrato de Daron Acemoglu

¿Cuántas veces ha visto en la ficción un futuro hiperautomatizado en el que un humanoide sustituye a un trabajador de carne y hueso mientras alguien, en algún despacho, se enriquece con la eficiencia?

Más allá de la distopía exagerada, hace apenas dos años a nadie se le habría ocurrido pedir a una máquina sabelotodo que le detallara sus finanzas, le ayudara a arreglar un coche o le resolviera una duda médica.

Hoy, cada consulta gratuita, cada tarea automatizada y cada decisión delegada en un algoritmo produce eficiencia. Y la eficiencia se traduce en beneficios. La cuestión es quién los captura y cómo se reparten, pero, sobre todo, si este salto tecnológico será capaz, en los próximos años, de transformar el empleo, la distribución de la riqueza y el equilibrio de poder entre empresas, trabajadores e instituciones.

Son preguntas en las que economistas como Daron Acemoglu llevan tiempo poniendo el foco. Lejos del entusiasmo tecnoutópico y del alarmismo fácil, el catedrático del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y Nobel de Economía en 2024 ha dedicado su carrera a estudiar por qué unos países prosperan y otros no, y qué papel juegan las instituciones a la hora de repartir (o concentrar) los frutos del crecimiento.

En los últimos años ha trasladado ese análisis a uno de los grandes motores del cambio contemporáneo para desentrañar si el enorme desarrollo tecnológico que hemos alcanzado está mejorando de verdad la vida de la mayoría o si, por el contrario, está enriqueciendo de forma desproporcionada a una cúspide de empresarios. De eso trata precisamente Poder y progreso (Deusto), su último libro junto a Simon Johnson. Aunque, cuando entregó el manuscrito, ChatGPT aún andaba en pañales y la inteligencia artificial no ocupaba portadas diarias.

La supuesta todóloga ha acelerado procesos, transformado tareas y disparado expectativas sobre productividad y crecimiento. Pero también ha reabierto dilemas: automatización frente a empleo, concentración frente a competencia, innovación frente a control democrático.

“La dirección actual va claramente hacia la automatización”, advierte Acemoglu.

“Y tengo claro que esa no es la dirección en la que deberíamos ir”.

¿Entonces, en cual?
Justo en la contraria. Ahora mismo avanzamos hacia la automatización, es decir, hacia la sustitución de empleo. Pero existe otra posible. La IA puede proporcionar mejor información a personas de todos los niveles de cualificación y permitirles realizar tareas más sofisticadas y nuevas tareas.

A esa alternativa al camino actual la llama pro-worker AI, aunque está lejos de ser la dirección dominante. Acemoglu insiste en que la tecnología, por sí sola, no es ni buena ni mala: todo depende de los incentivos que guían su uso. Y, por ahora, esos incentivos no están pensados para repartir beneficios. Por decirlo gráficamente: unos se están empachando con tarta y los otros se tienen que contentar con las migajillas.

¿Y quién se queda el pastel?

Acemoglu prefiere no meter el dedo en la llaga. Ni dar nombres ni apellidos.

Basta con buscar a los principales directivos de las empresas de inteligencia artificial y ya tienes la lista“, responde.

Traducido a nombres propios: Sam Altman, al frente de OpenAI; Satya Nadella, consejero delegado de Microsoft y principal socio de la compañía; Sundar Pichai, máximo responsable de Google; Demis Hassabis, cerebro de DeepMind dentro de Alphabet; o Mark Zuckerberg, desde Meta.

¿Qué se puede hacer frente a ese reparto tan desigual?
En teoría, el camino para corregir ese reparto es claro: orientarla hacia herramientas que complementen a los trabajadores en lugar de sustituirlos. El problema es cómo conseguirlo, porque hablamos de un sector enorme y prácticamente no regulado. Para lograrlo haría falta una combinación de factores: más competencia -porque hoy son unas pocas grandes tecnológicas las que dominan el mercado-, incentivos públicos hacia usos socialmente más beneficiosos de la IA y derechos de propiedad sobre los datos que permitan desarrollar aplicaciones de calidad sin basarse en la extracción gratuita de información. A eso habría que sumar una mayor voz de los trabajadores y corregir sistemas fiscales que hoy subsidian el capital y penalizan el empleo.
¿Cree que existe una burbuja en torno a la IA, como ocurrió con las puntocom en los 2000?
Hay mucha expectativa y exageración sobre la IA. De hecho, es muy probable que exista una burbuja. Los datos sugieren que buena parte del crecimiento reciente del mercado bursátil estadounidense está impulsado por inversiones en IA.La duda razonable es si ese nivel de inversión es sostenible, sobre todo cuando muchas empresas aún no han logrado traducir ese capital en aplicaciones realmente productivas ni en modelos de negocio sólidos. Eso introduce un riesgo evidente. Ahora bien, una cosa es una burbuja financiera y otra una tecnología inviable. La IA no es una moda pasajera: se va a adoptar y tendrá efectos tanto positivos como negativos. Pero eso no excluye que una burbuja pueda estallar, con consecuencias macroeconómicas graves.

En un momento en el que la economía global avanza con paso inseguro, no solo la inteligencia artificial actúa como factor de incertidumbre. También la política. Y pocos nombres generan hoy más ruido que el de Donald Trump. Su regreso a la Casa Blanca, con amenazas de aranceles, decisiones unilaterales y un desprecio explícito por las reglas del comercio internacional, añade tensión a un sistema ya al límite.

A Acemoglu no le preocupa tanto el golpe inmediato de esas medidas como lo que vendrá. Más que los aranceles, le inquieta el desgaste institucional que, a su juicio, Trump ha acelerado en Estados Unidos.

“Ha roto todo tipo de normas que mantenían la cooperación política y la civilidad en la política”, advierte.

¿Por ejemplo?
Ha atacado a sus críticos calificándolos de criminales y ha animado a las masas a atacar a los disidentes, dentro y fuera de su propio partido. Ha roto normas básicas que impedían beneficiarse económicamente a través de negocios familiares o relaciones con potencias extranjeras. Pero, sobre todo, ha roto la norma de que los nombramientos públicos deben basarse en la cualificación y no en la lealtad, colocando a fieles en instituciones clave como el FBI o el Departamento de Justicia. Todo esto tiene efectos enormes sobre la democracia estadounidense, en un momento en el que, además, el mundo entero atraviesa una crisis democrática
¿Su política arancelaria puede acelerar una desglobalización real?
Hay mucho debate sobre la desglobalización. Muchos de los cambios que estamos viendo son relativamente moderados. Algunos son costosos, otros responden a correcciones necesarias. Las cadenas de suministro se habían vuelto demasiado fragmentadas y dispersas, lo que aumentaba los riesgos. En ese sentido, una reestructuración era inevitable, con Trump o sin Trump.

Esa fragilidad de las cadenas globales se ve con especial claridad en una industria clave: la de los semiconductores. Los microchips son el corazón de los miles de millones de dispositivos conectados que hay en el planeta y una pieza esencial para la inteligencia artificial, las telecomunicaciones o los sistemas militares. Precisamente por eso se han convertido en el epicentro de la llamada guerra de los chips.

“¿Qué guerra?”, se preguntará. Una ya en marcha, aunque todavía sin disparos, en la que Estados Unidos y China compiten por controlar la infraestructura tecnológica.

¿Y Europa? “Muy, muy atrás”, admite Acemoglu. “Creo que los europeos todavía no son plenamente conscientes de lo lejos que se han quedado”.

“China avanza a gran velocidad en manufactura, robótica, IA aplicada a la producción, energía y vehículos eléctricos. Europa, en cambio, se ha quedado rezagada”, admite. En parte, como detalla, por una regulación improvisada, falta de financiación para startups una fuga constante de talento hacia Estados Unidos.

Entre Washington y Pekín, el economista no se atreve a dar un ganador claro. China cuenta con talento, datos y una enorme base industrial, pero la excesiva intervención política genera ineficiencias.

“Es difícil saber quién acabará imponiéndose, pero el mundo sería un lugar mejor si Europa lograra ser también un competidor real”, censura.

En otro orden de cosas… ¿Percibe un creciente descontento entre las clases medias hacia los llamados “supervisionarios” de Silicon Valley? ¿Puede ese malestar traducirse en acción política?
El descontento existe, pero aún está por ver si cristaliza en algo significativo. En Estados Unidos, los medios de comunicación siguen siendo en gran medida muy protectores con la industria tecnológica, lo que dificulta que ese malestar, tanto por el enorme poder de estas empresas como por la dirección que está tomando la IA, se transforme en propuestas concretas.Las encuestas muestran que los estadounidenses están más preocupados por la inteligencia artificial que en China, Corea del Sur o muchos países europeos. Y, aun así, la regulación sigue siendo prácticamente imposible. No toda regulación es buena, algunas han sido muy costosas, pero sí necesitamos algún tipo de regulación. Y no la estamos viendo.Además, una agenda que simplemente diga “no” a la tecnología no es viable. La inteligencia artificial está aquí y va a seguir estando aquí. Lo que necesitamos es un enfoque más sofisticado, capaz de redirigir los esfuerzos de la industria tecnológica hacia direcciones más beneficiosas.
En ‘Por qué fracasan los países’ usted distingue entre instituciones inclusivas, que amplían oportunidades y permiten a la mayoría prosperar, e instituciones extractivas, que generan rentas para unos pocos y bloquean la movilidad social. Aplicando ese marco,
¿la crisis de la vivienda es un ejemplo de un sistema que hoy está extrayendo bienestar de la mayoría de los jóvenes?
No lo tengo tan claro. Creo que a la vivienda se le da mucho énfasis. El problema de la asequibilidad es real, pero el núcleo del problema es otro: los jóvenes no tienen suficientes empleos, y los que tienen no permiten una rápida acumulación de capital humano ni trayectorias de promoción claras.
Para mí, el problema clave vuelve a ser la dirección de la tecnología. Si avanza hacia la automatización, la vida será mucho más difícil para los jóvenes: encontrarán menos empleo y peor pagado. Por eso la agenda pro-trabajador es tan importante.
Después de todo lo que hemos hablado,
¿es optimista respecto a la dirección que están tomando la economía y nuestras sociedades?
No, no lo soy (ríe). Pero no ser optimista no significa estar desesperanzado. Todavía hay margen para hacerlo mejor. La inteligencia artificial tiene capacidades que podrían ser útiles, si somos capaces de redirigirlas correctamente.

 

Fuente: Maria Toldrà- Papel

Related News

Perspectivas 2021 en la compra de níquel

La tendencia del comercio de futuros de contenedores sugiere que la crisis del Mar Rojo no terminará este año