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China, Estados Unidos y el nuevo Gran Juego

La rivalidad entre Washington y Pekín ha dejado de ser una disputa comercial. Puertos, rutas marítimas, materias primas, capacidad industrial, inteligencia artificial y sistemas financieros forman parte de una competencia que puede prolongarse durante décadas. Y su desenlace no dependerá únicamente de las dos superpotencias.

Las claves

🌐 Una rivalidad de largo plazo. Los acuerdos comerciales pueden rebajar temporalmente la tensión, pero no modifican una competencia estratégica destinada a marcar la economía mundial durante décadas.

⚓ El poder se juega también en puertos y cadenas de suministro. China ha construido una posición extraordinaria en transporte marítimo, construcción naval e infraestructuras comerciales.

⚙️ Industria, materias primas y tecnología forman parte de una misma batalla. El control de tierras raras, tecnologías limpias, IA, sistemas de pago y capacidad productiva puede ser tan importante como el poder militar.

🧭 Europa y las potencias intermedias tienen mucho que decidir. India, Japón, Canadá, Turquía, ASEAN, los países del Golfo o la UE no son simples espectadores y pueden alterar el equilibrio entre Washington y Pekín.

Una tregua comercial no es el final de la batalla

Las cumbres entre Estados Unidos y China producen periódicamente imágenes de distensión. Donald Trump y Xi Jinping hablan de cooperación, se anuncian concesiones comerciales y los mercados intentan interpretar cada gesto como el comienzo de una nueva etapa.

Pero detrás de esas treguas permanece una realidad mucho más profunda.

Ningún acuerdo sobre soja, aranceles o tierras raras modifica el hecho de que Estados Unidos y China compiten por definir las reglas del próximo orden económico mundial.

Es una rivalidad que probablemente no se resolverá en una legislatura ni en una década. Y quizá la mejor manera de entenderla no sea mediante la conocida “trampa de Tucídides” —una potencia emergente desafiando a la dominante— sino observando otro episodio histórico mucho más prolongado.

El llamado Gran Juego enfrentó durante buena parte del siglo XIX al Imperio británico y al ruso por el control de Asia Central, sus rutas comerciales y sus recursos. No fue una guerra convencional entre ambos. Fue una sucesión de alianzas, infraestructuras, conflictos regionales, movimientos diplomáticos y luchas por posiciones estratégicas.

Algo parecido comienza a reconocerse en la relación entre Washington y Pekín.

La diferencia es que el tablero actual abarca prácticamente todo el planeta.

El nuevo poder está en las rutas

En el siglo XIX, controlar un paso de montaña, una ruta hacia India o un ferrocarril podía cambiar el equilibrio entre imperios.

Hoy los puntos estratégicos son otros: puertos, estrechos marítimos, cadenas logísticas, centros de datos, minerales críticos y redes de comunicación.

China parece haberlo entendido especialmente bien.

Durante décadas, Pekín no sólo construyó fábricas. Construyó también la infraestructura necesaria para conectar esas fábricas con el resto del mundo.

China dispone actualmente del mayor complejo industrial marítimo y de construcción naval del planeta. Sus empresas poseen o gestionan participaciones en numerosos grandes puertos internacionales y sus navieras ocupan una posición central en el comercio mundial.

El megapuerto de Chancay, en Perú, es una buena representación de esa estrategia. China posee el 60% de la infraestructura, concebida para convertirse en una gran puerta entre Sudamérica y Asia.

No es un caso aislado. La presencia china se extiende por puertos de América Latina, África, Asia y Europa.

La estrategia recuerda, salvando las distancias históricas, a la británica del siglo XIX. El poder de Londres no procedía únicamente de su ejército. Su marina mercante conectaba industria, comercio, materias primas, finanzas y territorio.

China está construyendo una arquitectura parecida.

Como ha señalado Carlos del Toro, exsecretario de Marina estadounidense, ninguna gran potencia naval ha perdurado sin ser también una potencia marítima comercial.

Y ahí aparece una vulnerabilidad importante de Estados Unidos.

Washington conserva la fuerza naval más poderosa del mundo, pero China domina ampliamente la construcción comercial de barcos y buena parte del ecosistema industrial que los rodea. En una crisis prolongada —por ejemplo alrededor de Taiwán— esa diferencia logística podría resultar tan importante como el número de buques militares.

La batalla por las cadenas de suministro

El poder marítimo es sólo una parte de una estrategia más amplia.

China controla posiciones esenciales en numerosas cadenas de suministro, desde tierras raras y minerales críticos hasta baterías, vehículos eléctricos, paneles solares o tecnologías limpias.

Eso convierte decisiones aparentemente comerciales en instrumentos geopolíticos.

Una restricción a la exportación de tierras raras puede afectar a fabricantes europeos o estadounidenses. Una inversión china en un puerto latinoamericano puede modificar rutas comerciales durante décadas. Una fábrica de baterías instalada en Europa puede reducir una dependencia y crear simultáneamente otra.

Para las empresas industriales, esta transformación tiene una consecuencia importante: la geopolítica empieza a formar parte de la gestión ordinaria de proveedores.

Precio y calidad siguen siendo fundamentales. Pero origen, dependencia tecnológica, control de materias primas, localización de capacidad productiva y exposición a sanciones o aranceles empiezan a ser variables igualmente relevantes.

El proveedor más barato puede no ser necesariamente el proveedor con menor riesgo.

Del puerto al algoritmo

El nuevo Gran Juego tampoco se limita al mundo físico.

En el siglo XIX, Gran Bretaña utilizó el telégrafo para conectar su imperio y acelerar información, comercio y decisiones políticas.

Hoy esa infraestructura estratégica está formada por semiconductores, inteligencia artificial, centros de datos, sistemas de pago y estándares tecnológicos.

Estados Unidos conserva una posición extraordinaria gracias al dólar, sus mercados financieros y algunas de las compañías tecnológicas más poderosas del planeta.

China, sin embargo, intenta construir sistemas alternativos.

Pekín impulsa modelos abiertos de inteligencia artificial en países emergentes, extiende sistemas de pago vinculados al renminbi y trata de convertir sus tecnologías y estándares industriales en referencias internacionales.

La competición, por tanto, no consiste únicamente en vender más productos.

Consiste en decidir qué plataformas, protocolos y sistemas utilizará el resto del mundo para producir y comerciar.

Quien consiga establecer esos estándares puede ejercer una influencia económica durante décadas.

Incluso el Ártico entra en el tablero

La geografía tampoco ha desaparecido.

El deshielo está convirtiendo el Ártico en una nueva frontera de competencia. Allí coinciden reservas de gas y minerales, nuevas rutas marítimas y cuestiones de seguridad.

China trabaja con Rusia para desarrollar una denominada Ruta de la Seda Polar, mientras Estados Unidos y sus aliados intentan reforzar su presencia en la región.

Para Pekín, disponer de una ruta marítima alternativa por el norte tiene además un valor estratégico evidente: reduce parcialmente la dependencia de puntos vulnerables como Suez o Panamá.

La lógica vuelve a recordar al antiguo Gran Juego.

Entonces se competía por pasos de montaña y ferrocarriles.

Ahora se compite por estrechos marítimos, puertos, minerales, cables, satélites y rutas polares.

Pero el tablero tiene muchos más jugadores

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental con el siglo XIX.

El mundo actual no está dividido simplemente entre dos imperios.

India, Japón, Canadá, Turquía, los países del Golfo, ASEAN y la Unión Europea poseen capacidad económica y estratégica suficiente para modificar el equilibrio.

Algunos países intentarán acercarse a Washington. Otros profundizarán sus relaciones con Pekín. Muchos intentarán trabajar con ambos y utilizar la competencia para obtener mejores acuerdos comerciales, tecnológicos o de seguridad.

Europa ocupa una posición especialmente compleja.

Necesita a Estados Unidos para buena parte de su seguridad y tecnología, pero mantiene una enorme relación comercial con China. Al mismo tiempo intenta reducir dependencias estratégicas, proteger su industria y conservar cierto grado de autonomía.

Esa tensión explica muchas de las decisiones que estamos viendo sobre vehículos eléctricos, acero, baterías, semiconductores o minerales críticos.

Y también explica por qué resulta cada vez más difícil separar política comercial y política exterior.

Una nueva forma de entender el riesgo de suministro

Para las empresas, quizá ésta sea la conclusión más relevante.

Durante las últimas décadas, las cadenas globales se diseñaron fundamentalmente alrededor de eficiencia, coste y especialización.

El nuevo Gran Juego introduce otra variable:

la seguridad estratégica.

Un puerto puede convertirse en un activo geopolítico. Una materia prima puede ser objeto de restricciones. Una tecnología puede quedar sometida a controles de exportación. Una fábrica situada en el país equivocado puede perder acceso a un mercado.

Eso no significa abandonar las cadenas globales ni sustituir eficiencia por autosuficiencia.

Significa comprender que la geopolítica ha pasado a formar parte del coste total del suministro.

Las empresas que identifiquen dependencias críticas, desarrollen proveedores alternativos y comprendan dónde se encuentran los puntos vulnerables de sus cadenas estarán mejor preparadas para un mundo que probablemente será más fragmentado.

¿Quién ganará?

Estados Unidos conserva ventajas formidables: el dólar, los mercados financieros, las grandes plataformas tecnológicas, una red extensa de aliados y la fuerza militar más poderosa del mundo.

China dispone de otras: una enorme base industrial, capacidad de construcción naval, control de cadenas críticas, infraestructuras internacionales y una presencia creciente en buena parte del mundo emergente.

No resulta evidente qué combinación será más poderosa.

Y quizá tampoco exista un vencedor definitivo.

El Gran Juego entre Rusia y Gran Bretaña duró aproximadamente un siglo y terminó condicionado por un acontecimiento que ninguno de los dos contendientes había previsto: el ascenso de Alemania, que alteró completamente el tablero europeo.

Ésa puede ser también una de las principales lecciones para el presente.

Washington y Pekín pueden diseñar estrategias, controlar tecnologías y competir por recursos.

Pero no controlan todo el tablero.

Las decisiones que adopten Europa, India, Japón, ASEAN, Canadá, Turquía o los países del Golfo pueden acabar siendo tan importantes como las que se tomen en Washington o Pekín.

Porque el nuevo Gran Juego acaba de comenzar.

Y, como ocurrió con el anterior, su desenlace puede depender de fuerzas que ninguna de las dos grandes potencias controla por completo.

Fuente: Rana Foroohar, columnista de negocios internacionales y editora asociada de Financial Times

Foto: martin-sanchez-j2c7yf223Mk-unsplash

 

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