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Desdolarización: el mundo no abandona el dólar, está rediseñando el sistema que lo sostiene

La Clave:

  • El dólar pierde peso en reservas, comercio y sistemas de pago, pero mantiene su dominio en liquidez y financiación. Lejos de un colapso, el sistema monetario internacional evoluciona hacia una arquitectura más fragmentada, donde conviven varias capas: dólar, divisas regionales, oro e infraestructuras digitales. Para las empresas industriales, esto implica un cambio estructural en costes, riesgos y operativa internacional.

🟢 Corto plazo
El dólar sigue siendo el eje del sistema. No hay sustituto real.

🟡 Medio plazo
Fragmentación creciente: más monedas, más sistemas de pago, mayor complejidad.

🔴 Largo plazo
Sistema multipolar: el dólar continúa, pero comparte protagonismo con otras capas monetarias.

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Durante más de medio siglo, el sistema monetario internacional ha funcionado sobre una premisa tácita: todo, en última instancia, converge en el dólar. Desde el comercio energético hasta la financiación corporativa, pasando por las reservas de los bancos centrales, la divisa estadounidense ha actuado como el gran denominador común de la economía global.

Hoy, esa premisa empieza a resquebrajarse. No de forma abrupta, ni visible en un único dato, sino a través de múltiples señales que, analizadas en conjunto, apuntan a un cambio de fondo.

El Fondo Monetario Internacional sitúa el peso del dólar en las reservas globales en torno al 57% si se excluye el oro, el nivel más bajo desde mediados de los años noventa. Si se incorpora el oro —cada vez más relevante en la estrategia de los bancos centrales—, esa cuota desciende hacia el entorno del 45% . En paralelo, datos de SWIFT muestran que la proporción del comercio internacional liquidado en dólares ha retrocedido desde aproximadamente el 54% a cerca del 40% en pocos años .

A primera vista, la conclusión parece evidente: el dólar pierde relevancia. Sin embargo, esa lectura ignora una cuestión esencial. Como señalaba recientemente el economista Brad Setser, del Council on Foreign Relations, “el poder del dólar no reside tanto en su cuota de mercado como en la profundidad de los mercados financieros que lo respaldan”.

Es decir, el dólar no es solo una moneda: es una infraestructura.

El fin de un mito: el petrodólar ya no explica el sistema

Durante décadas, el dominio del dólar se explicó a través del llamado “petrodólar”. La idea era sencilla: el hecho de que el petróleo se comercializara en dólares generaba una demanda estructural de la divisa, reforzando su hegemonía.

Sin embargo, ese modelo lleva años erosionándose. El propio Brad Setser lo resume de forma contundente: “los grandes flujos de liquidez global en dólares ya no provienen de los exportadores de petróleo, sino del superávit manufacturero asiático”.

Los datos respaldan esta afirmación. A mediados de la década de 2000, los países exportadores de petróleo generaban excedentes masivos que se reciclaban en activos denominados en dólares, especialmente deuda pública estadounidense. Hoy, ese patrón ha cambiado radicalmente. Arabia Saudí, por ejemplo, ha registrado déficits por cuenta corriente en años recientes y ha pasado a emitir deuda en mercados internacionales. Otros países del Golfo han canalizado sus excedentes hacia fondos soberanos con estrategias más diversificadas, reduciendo su papel como proveedores netos de liquidez en dólares.

En paralelo, Asia ha consolidado un superávit externo que supera ampliamente al de los países petroleros. Según estimaciones del propio Setser, el excedente combinado de las economías manufactureras asiáticas se sitúa en torno a 1,5 billones de dólares, muy por encima del generado por el sector energético.

El resultado es un cambio estructural: el sistema del dólar ya no se sostiene sobre el petróleo, sino sobre el comercio global y los balances financieros de Asia.

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La geopolítica acelera lo que la economía ya estaba cambiando

A esta transformación estructural se ha sumado un catalizador decisivo: la geopolítica.

La congelación de activos rusos tras la invasión de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión. Como señalaba Zoltan Pozsar, ex estratega de Credit Suisse, “el mundo ha descubierto que las reservas en dólares no son completamente neutrales desde el punto de vista político”.

Desde entonces, numerosos bancos centrales han intensificado la diversificación de sus reservas. El Banco de Pagos Internacionales (BIS) ha documentado un aumento significativo en la acumulación de oro, especialmente por parte de economías emergentes. En 2023 y 2024, las compras de oro por parte de bancos centrales alcanzaron máximos históricos, en una tendencia que continúa en 2025 y 2026.

Este movimiento no implica una sustitución del dólar, pero sí refleja una lógica distinta: reducir la dependencia de activos potencialmente sujetos a sanciones.

Sistemas paralelos: no sustituyen al dólar, pero cambian el juego

En este contexto, el desarrollo de infraestructuras alternativas adquiere una relevancia creciente.

El sistema de pagos internacional chino, CIPS, ha evolucionado de forma notable en los últimos años. Según datos recientes, conecta a más de 5.000 instituciones financieras en cerca de 190 países y ha alcanzado volúmenes diarios superiores al billón de yuanes en momentos de máxima actividad . Aunque sigue lejos de SWIFT en términos absolutos, su crecimiento es significativo.

El economista Ming Ming, de CITIC Securities, lo explica de forma clara: “en un entorno de mayor riesgo geopolítico, la estabilidad relativa del yuan lo convierte en una moneda atractiva para liquidaciones comerciales, lo que a su vez impulsa el uso de CIPS”.

La clave no es que estos sistemas sustituyan al dólar, sino que introducen redundancia. Y en un sistema global, la redundancia reduce la dependencia.

La disrupción más profunda llega por la tecnología

Sin embargo, el cambio más estructural no proviene de los estados, sino de la evolución de la infraestructura financiera.

El desarrollo de las stablecoins y su integración en marcos regulatorios formales está abriendo una nueva fase en la evolución del sistema monetario. En Hong Kong, la autoridad monetaria ha comenzado a conceder licencias para emisores de stablecoins respaldados por bancos como HSBC o Standard Chartered, en un movimiento que apunta a la creación de un ecosistema de liquidez digital regulada.

Actualmente, más del 90% del mercado de stablecoins —valorado en torno a 300.000 millones de dólares— está vinculado al dólar y a activos como los bonos del Tesoro estadounidense . Esto introduce una paradoja interesante: la innovación que aparentemente podría erosionar el dominio del dólar está, en realidad, reforzándolo en el corto plazo.

Pero el potencial de estas infraestructuras va más allá. Como apunta el economista Peter C. Earle, “el verdadero cambio no es la digitalización del dólar, sino la posibilidad de crear mercados de divisas en tiempo real, programables y con menor fricción”.

En otras palabras, el sistema monetario no está cambiando solo en qué monedas se utilizan, sino en cómo se intercambian.

El regreso del oro como señal de fondo

En paralelo, el oro ha recuperado protagonismo como activo estratégico.

El Banco de Pagos Internacionales y el FMI coinciden en señalar que el aumento de las reservas de oro responde menos a criterios de rentabilidad y más a una lógica de diversificación frente a riesgos sistémicos. Como resume el economista Barry Eichengreen, uno de los mayores expertos en historia monetaria, “el oro tiende a ganar relevancia en momentos en los que la confianza en el sistema internacional se fragmenta”.

Este patrón histórico parece repetirse. El oro no sustituye al dólar en las transacciones, pero sí actúa como ancla de confianza en un entorno de mayor incertidumbre.

Un sistema que no se rompe, se vuelve más complejo

Si se integran todas estas dinámicas, la conclusión es clara: el sistema monetario internacional no está colapsando, sino evolucionando hacia una estructura más compleja.

El dólar sigue siendo dominante en financiación, liquidez y activos seguros. Pero a su alrededor emergen nuevas capas:

  • Divisas regionales utilizadas en comercio bilateral
  • Sistemas de pago alternativos
  • Activos reales como el oro
  • Infraestructuras digitales que reducen la dependencia de intermediarios

Como señalaba recientemente un informe del Banco de Pagos Internacionales, “la tendencia no apunta a un reemplazo del dólar, sino a una mayor pluralidad monetaria en la operativa internacional”.

Implicaciones reales para la empresa industrial

Para una empresa industrial europea, este cambio tiene consecuencias directas.

En primer lugar, aumenta la complejidad operativa. La coexistencia de múltiples monedas y sistemas de pago implica una mayor necesidad de gestión activa del riesgo de divisa. El tipo de cambio deja de ser un factor secundario para convertirse en un elemento estratégico.

En segundo lugar, se incrementa la exposición a riesgos geopolíticos. La elección de moneda o sistema de pago ya no es neutral en determinados mercados, lo que puede afectar tanto a costes como a la viabilidad de ciertas operaciones.

En tercer lugar, surgen nuevas oportunidades. La diversificación monetaria y la aparición de nuevas infraestructuras pueden permitir optimizar costes de financiación, mejorar la eficiencia en pagos internacionales o acceder a mercados con mayor flexibilidad.

La diferencia, como suele ocurrir en estos procesos, no estará en la magnitud del cambio, sino en la capacidad de anticipación.

La desdolarización no es el fin del dólar. Es el fin de su exclusividad.

El sistema monetario internacional está entrando en una nueva fase en la que el dólar seguirá siendo central, pero ya no suficiente. Una fase caracterizada por la fragmentación, la competencia entre monedas y la transformación tecnológica de las infraestructuras financieras.

Fuentes: Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco de Pagos Internacionales (BIS), SWIFT, Council on Foreign Relations (Brad Setser), Bloomberg, CITIC Securities, HSBC, Standard Chartered

Foto: eric-prouzet-TZB-1vfImhY-unsplash

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