Las Claves:
Hay una forma sencilla —y bastante incómoda— de saber quién está ganando la carrera de la competitividad: mirar dónde se invierte.
No dónde se anuncian estrategias.
No dónde se celebran cumbres.
No dónde se publican planes industriales.
Sino dónde se construyen fábricas, centros de datos, plantas de baterías, redes eléctricas, acerías, laboratorios, semiconductores y nueva capacidad productiva.
Ese es el gran mensaje del nuevo informe del McKinsey Global Institute, Catalyzing competitiveness: Where investment happens and why. La competitividad deja de ser una palabra abstracta y se convierte en un mapa: el mapa de las decisiones reales de inversión.
Y ese mapa muestra una realidad exigente. La inversión se ha estancado en Europa, Estados Unidos la ha desplazado hacia software, IA y activos intangibles, y China se ha descolgado del pelotón. Según McKinsey, China añade cada año tres veces más activos productivos que Europa y Estados Unidos juntos, aunque con retornos de capital aproximadamente un 40% inferiores.
Europa no parte de cero. Tiene industria, talento, ahorro, empresas, conocimiento y mercado. Pero tiene un problema decisivo: no está convirtiendo todo ese potencial en suficiente inversión productiva nueva.
La conclusión para las empresas es directa: la próxima década no se decidirá solo por los países que quieran ser más competitivos, sino por aquellos capaces de hacer que los proyectos industriales salgan. Con energía competitiva, permisos rápidos, productividad, escala, capital, proveedores, talento y velocidad.
En la nueva geografía industrial, la competitividad no se declara: se construye.

🟢 Oportunidad: Europa todavía tiene cartas que jugar
La base industrial europea sigue siendo profunda. Si logra movilizar ahorro privado, reducir fragmentación, acelerar permisos, abaratar energía y focalizar inversión en sectores críticos, puede reforzar posiciones en automatización, energía, defensa, biotecnología, IA industrial, materiales avanzados, redes, datos y tecnologías limpias.
🟡 Riesgo: mantener no es crecer
Una parte relevante de la inversión europea se dedica a renovar activos existentes, no a añadir nueva capacidad. McKinsey estima que la inversión productiva neta de la UE equivale a solo el 2% del PIB, frente al 4% de Estados Unidos y el 23% de China. El riesgo es vivir de una ventaja industrial heredada mientras otros construyen la siguiente generación de capacidad.
🔴 Alerta: el capital no espera
Si los proyectos industriales son más caros, más lentos o más inciertos en Europa, la inversión se irá donde el retorno sea más claro. McKinsey estima que los costes nivelados en Europa y Estados Unidos son, en general, al menos un 50% superiores a los de los países que están atrayendo más inversión; en I+D, la brecha puede acercarse al 300%.
Durante años, Europa ha hablado de competitividad como quien habla de una aspiración. Una prioridad. Un objetivo estratégico. Una necesidad compartida.
Pero el capital no funciona así.
El capital no se emociona con los discursos. No espera a los consensos. No se detiene ante las declaraciones institucionales. Calcula. Compara. Mide costes, plazos, energía, productividad, permisos, talento, proveedores, riesgo regulatorio, acceso a mercado y retorno esperado.
Y después decide.
Esa es la gran fuerza del informe de McKinsey Global Institute: cambia la pregunta. Ya no pregunta qué economías quieren ser competitivas. Pregunta algo mucho más directo: ¿dónde está invirtiendo realmente el mundo?
Porque allí donde se invierte hoy, se producirá mañana.
Allí donde se construye capacidad, se acumula experiencia.
Allí donde se escala, se aprende más rápido.
Y allí donde el capital deja de llegar, la competitividad empieza a envejecer.
El capital como detector de competitividad
McKinsey propone utilizar la inversión productiva como una especie de detector de competitividad. Es una idea muy poderosa para la industria.
La inversión productiva no es inversión financiera. No es comprar acciones o bonos. Es inversión en activos que permiten producir, innovar y crecer: fábricas, maquinaria, infraestructuras, software, bases de datos, I+D, laboratorios, redes energéticas o centros de datos.
Por eso funciona como señal. Si una empresa decide construir una planta en un país, está diciendo algo más que “me interesa ese mercado”. Está diciendo: aquí creo que puedo producir mejor, con más escala, más velocidad, más retorno o menor riesgo.
La competitividad, vista así, deja de ser una opinión. Se convierte en una localización.
El mapa se ha movido
El informe dibuja una geografía muy clara.
China invierte.
Estados Unidos pivota.
Europa se queda corta.
China es ya el mayor inversor productivo del mundo. Invierte 5,9 billones de dólares al año en términos brutos, frente a 5,1 billones de Estados Unidos y 3,1 billones de la UE-27. Pero la diferencia decisiva aparece al mirar la inversión neta: la que no solo sustituye activos viejos, sino que añade nueva capacidad productiva.
Ahí Europa muestra su debilidad. Buena parte de su inversión sirve para mantener el capital existente. Eso es necesario, pero no suficiente. Mantener una fábrica no es construir la siguiente. Renovar una infraestructura no es crear una nueva ventaja. Sustituir lo que envejece no equivale a ganar el futuro.
McKinsey estima que la inversión productiva neta de China equivale al 23% de su PIB. En Estados Unidos, al 4%. En la UE-27, al 2%.
Es difícil encontrar una cifra más reveladora.
Europa no está parada. Pero está añadiendo poca capacidad nueva en relación con el tamaño del reto.
China no solo fabrica más: aprende más rápido
La lectura sobre China exige matices. McKinsey no presenta a China como un modelo perfecto. De hecho, alerta de retornos decrecientes, exceso de capacidad y menor productividad del capital. China tiene mucho capital desplegado, pero extrae de él menos valor económico que Estados Unidos o Europa.
Pero para una empresa industrial europea, ese matiz no elimina el problema.
Porque aunque parte de la inversión china sea ineficiente, su escala genera aprendizaje. Genera proveedores. Genera rapidez. Genera presión sobre precios. Genera mejora continua. Genera ecosistemas.
Cuando una economía construye plantas de baterías, paneles solares, vehículos eléctricos, maquinaria, electrónica o componentes a enorme escala, no solo añade capacidad. Añade conocimiento operativo.
Y ese conocimiento acaba compitiendo en los mercados globales.
China puede tener problemas de sobrecapacidad. Pero esa sobrecapacidad también se convierte en presión competitiva para todos los demás.
Estados Unidos ha elegido otra ruta: software, IA y activos intangibles
Estados Unidos no está replicando el modelo chino. Su inversión no se ha disparado de forma amplia en toda la economía, pero sí ha cambiado de composición.
El informe muestra que Estados Unidos ha desplazado más inversión hacia activos intangibles: software, I+D, propiedad intelectual y, más recientemente, toda la cadena de valor de la inteligencia artificial. McKinsey señala que siete compañías vinculadas a la IA multiplicaron por 50 sus inversiones combinadas en capex e I+D en dos décadas: de 15.000 millones de dólares en 2005 a cerca de 750.000 millones en 2025. Para finales de 2026, la inversión de estos hyperscalers podría aproximarse al billón de dólares.
El dato impresiona. Pero también abre una pregunta: ¿será la IA una burbuja concentrada en grandes plataformas o será el motor de una nueva productividad industrial?
Esa pregunta es crítica para Europa. Si la IA reduce costes, acelera diseño, automatiza procesos, optimiza compras, mejora mantenimiento, rediseña logística y acorta ciclos de innovación, entonces la brecha no estará solo en quién tenga más centros de datos. Estará en quién consiga llevar esa inteligencia a la fábrica, al proveedor, al almacén, al proceso de compra y al producto.
La IA no será competitividad por sí sola. Será competitividad si entra en la economía real.
El problema europeo: demasiado coste, demasiada lentitud, poca escala
El informe baja al terreno donde se toman las decisiones: el business case.
Y ahí el mensaje es menos cómodo para Europa.
En manufactura, los costes nivelados en Europa y Estados Unidos suelen ser al menos un 50% superiores a los de las regiones que más inversión captan. En I+D, la brecha se acerca al 300%. No se trata solo de salarios. También pesan energía, materiales, productividad, subsidios, regulación, plazos, permisos, construcción, ecosistemas de proveedores y velocidad de llegada al mercado.
La palabra clave es velocidad.
En la nueva competencia industrial, ser lento es otra forma de ser caro.
Una planta que tarda más en aprobarse, más en financiarse, más en construirse y más en alcanzar plena producción no solo llega tarde. Llega con peor retorno. Y si llega con peor retorno, el capital se va a otro sitio.
Europa puede tener talento, mercado y tecnología. Pero si convierte cada inversión en una carrera de obstáculos, acabará financiando estudios mientras otros levantan fábricas.
Energía: el test de realidad industrial
La energía aparece en el informe como uno de los grandes multiplicadores de competitividad. Para muchas industrias, no es un coste más. Es el coste que decide si una inversión existe o no.
Acero, química, baterías, centros de datos, semiconductores, hidrógeno, electrificación, materiales avanzados: todos dependen de energía competitiva, predecible y abundante.
Aquí Europa tiene un desafío estructural. La transición energética puede convertirse en una ventaja si permite reducir dependencia exterior, estabilizar costes y desplegar infraestructura con rapidez. Pero puede convertirse en un nuevo lastre si añade más complejidad, más incertidumbre y más coste a una industria que ya compite con desventaja.
El debate no debería ser transición sí o no. Debería ser mucho más concreto: qué transición permite producir en Europa con costes competitivos.
Porque una transición que no pueda sostener industria acabará importando los productos que pretendía transformar.
La competitividad empieza antes de la compra
Para las áreas de compras y supply chain, la implicación del informe es muy práctica.
Durante años, muchas decisiones se han leído desde el coste actual: precio unitario, plazo, calidad, riesgo país, capacidad logística. Todo eso sigue siendo importante. Pero ya no basta.
Ahora hay que mirar también la inversión que hay detrás de cada región, cada proveedor y cada cadena de valor.
Un proveedor puede ser competitivo hoy y estar quedándose sin futuro si no invierte.
Una región puede parecer cara hoy y ganar ventaja si automatiza más rápido.
Una cadena puede parecer segura y estar expuesta a tecnologías que se están escalando en otro lugar.
Un país puede hablar de reindustrialización mientras el capital se marcha a otra parte.
La pregunta para compras ya no es solo: ¿quién me suministra mejor este año?
La pregunta empieza a ser: ¿quién está invirtiendo para seguir siendo competitivo dentro de tres, cinco o diez años?
Reindustrializar no es fabricar todo
El informe también evita una trampa habitual: pensar que competitividad significa fabricar todo en todas partes.
No será posible. Ni eficiente. Ni probablemente deseable.
Europa tendrá que elegir. Y elegir bien.
Hay sectores donde el coste manda demasiado. Otros donde la proximidad, la fiabilidad, la regulación, la calidad, la ingeniería, la integración con cliente o la propiedad intelectual permiten defender valor. También hay actividades críticas donde depender de terceros puede ser estratégicamente peligroso aunque el business case sea más complejo.
La política industrial inteligente no consiste en subvencionar cualquier capacidad. Consiste en desbloquear aquellas inversiones que crean productividad, resiliencia y ventaja futura.
No se trata de proteger industrias del pasado. Se trata de construir las capacidades sin las cuales no habrá industria del futuro.
La frase incómoda: Europa tiene recursos, pero no suficiente tracción
Europa no carece de ingredientes. Tiene empresas industriales potentes, centros tecnológicos, universidades, ahorro privado, mercado, capacidades de ingeniería, infraestructuras y una base exportadora relevante.
Pero el informe de McKinsey obliga a hacerse una pregunta más dura: si tenemos tantos ingredientes, ¿por qué el plato no termina de cocinarse?
La respuesta apunta a una combinación conocida: fragmentación, energía, permisos, capital, regulación, escala, velocidad y retorno.
Europa no necesita solo más fondos. Necesita mejores condiciones para que la inversión privada se active. Necesita que construir capacidad productiva sea más rápido, más rentable y menos incierto.
El capital no entra donde hay buenas intenciones. Entra donde el proyecto sale.
El futuro industrial ya aparece en el mapa
La competitividad no desaparece de golpe. Se erosiona lentamente.
Primero se aplaza una inversión.
Después se amplía una planta en otro país.
Luego el proveedor más dinámico escala fuera.
Más tarde, el ecosistema se desplaza.
Y cuando se quiere reaccionar, la nueva curva de aprendizaje ya está en otro lugar.
Por eso el informe de McKinsey es tan relevante. No habla solo de inversión. Habla de futuro industrial.
El capital ya está dibujando el mapa de la próxima década: dónde se fabricará, dónde se innovará, dónde se escalará, dónde estarán los proveedores críticos y dónde se acumulará conocimiento operativo.
Europa aún puede cambiar su posición en ese mapa. Pero no lo hará con diagnósticos. Lo hará convirtiendo ahorro en inversión, regulación en velocidad, transición energética en energía competitiva, política industrial en productividad y talento en capacidad escalable.
En un mundo fragmentado, la competitividad ya no será una promesa.
Será una obra en construcción.
Y quien no construya hoy, comprará mañana lo que otros hayan decidido fabricar.
Puedes encontrar el informe completo en el siguiente linK:
Where investment happens and why
Fuente: McKinsey Global Institute: Catalyzing competitiveness: Where investment happens and why, junio de 2026.
Foto: huttersnap-eH_ftJYhaTY-unsplash
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