Skip to main content

El gas natural necesitará hasta tres años para recuperarse de la crisis entre EEUU e Irán

Las claves:

  • El petróleo requerirá hasta finales de año para reponer los stocks y recuperar su producción
  • Se necesitarán tres meses para poner en producción los pozos petrolíferos que han cerrado en el Golfo
  • Las navieras creen que la tregua de dos semanas es insuficiente para volver al estrecho

La reapertura del estrecho de Ormuz tras la tregua entre Irán, Estados Unidos e Israel abre la puerta a la recuperación de una parte del suministro energético perdido durante las últimas seis semanas, pero la vuelta a la normalidad requerirá probablemente de todo el año 2026 en el caso del petróleo y entre dos y tres años para el gas natural.

A partir de ahora -si los bombardeos israelíes a Líbano no lo impiden- el petróleo volverá lentamente a fluir por el estrecho de Ormuz, bajo el control de los militares iraníes, y permanece la duda si también previo pago de un peaje.

El mercado del crudo comenzó ayer a descontar esta desescalada pero ahora afloran los daños perpetrados en las infraestructuras energéticas destruidas o seriamente dañadas en todo Oriente Medio.

El mundo ha evitado, por el momento, un colapso energético pero entra en una fase más compleja, en la que convivirán un tránsito marítimo incierto, una capacidad de producción parcialmente dañada, costes logísticos elevados, tensiones sobre el mercado del gas natural licuado (GNL) y una reconstrucción industrial multimillonaria.

El estrecho de Ormuz ha pasado de ser un riesgo teórico para convertirse en una vulnerabilidad probada para las aseguradoras y los armadores y eso implicará además del peaje a Irán -en caso de que se aplique- la suma del pago de una prima de riesgo adicional por operar en una zona de mayor riesgo.

Así, el sistema energético mundial, especialmente en petróleo, gas y transporte marítimo, sale de esta crisis con la lección aprendida de que la seguridad de suministro ya no puede darse por sentada, lo que implicará inversiones adicionales en almacenamiento y nuevos oleoductos para tratar de generar vías alternativas al estrecho de Ormuz.

Por el momento, la señal más visible de alivio llega desde Iraq. Tras semanas de bloqueo y disrupciones, los primeros cargamentos de crudo iraquí han atravesado el estrecho, en un movimiento que el mercado interpreta como el primer síntoma de normalización.

Iraq ha sido probablemente el productor más dañado con exportaciones hundidas desde unos 4 millones de barriles diarios hasta apenas 875.000 barriles al día, según los datos de Kpler.

Su recuperación es importante por dos motivos: el volumen y la calidad de su petróleo. Los barriles iraquíes son crudos medios especialmente valiosos para refinerías asiáticas y para la fabricación de lubricantes, que durante el conflicto han tenido que buscar sustitutos más caros y menos eficientes en Arabia Saudí. Su recuperación ayuda a relajar no solo el precio del barril, sino la tensión en los diferenciales, márgenes de refino y disponibilidad de determinadas mezclas.

Pero aunque la reapertura de Ormuz puede recuperar barriles, se tardará también alrededor de tres meses en poner en funcionamiento los yacimientos que han dejado de producir, el sistema seguirá lejos de la normalidad.

Durante el momento más crítico del conflicto, el cierre del estrecho llegó a paralizar 11 millones de barriles diarios de producción. Las exportaciones del Golfo pasaron de unos 15 millones de barriles diarios a apenas 7 millones, mientras los recortes de refino añadieron otros 3 millones de barriles diarios de pérdida de suministro, según Kpler.

Ese agujero situó al mercado global ante un déficit cercano a los 6 millones de barriles diarios, una magnitud suficiente para desencadenar el mayor shock petrolero moderno fuera de un embargo formal. En ese contexto, los analistas llegaron a estimar que el Brent podría haber necesitado subir hasta los 160-170 dólares por barril para destruir suficiente demanda como para recuperar el equilibrio.

La tregua ha evitado esa deriva, que el mercado veía ya en un plazo de apenas un mes. Lo que ahora se abre es una fase intermedia en la que el tránsito marítimo se recupera parcialmente, pero bajo supervisión reforzada y con un elevado componente de incertidumbre.

La cuestión clave no es si Ormuz está hoy «abierto» o «cerrado», sino en qué condiciones vuelve a operar. Y esa es precisamente la novedad que deja esta crisis.

Los cálculos de Citi muestran hasta qué punto el sistema sigue dependiendo del estrecho. Oriente Medio exporta en condiciones normales unos 20,4 millones de barriles diarios entre crudo y productos refinados. Aunque parte de ese flujo puede desviarse por oleoductos, puertos alternativos o terminales fuera del estrecho, solo una fracción puede evitar el paso de este estrecho. Incluso en un escenario de reapertura parcial, el mercado podría seguir corto en unos 4,4 millones de barriles diarios. Si algunos productores del Golfo rechazaran operar bajo las nuevas condiciones impuestas por Irán, el déficit podría acercarse otra vez a los 8 millones.

En este nuevo entorno, Irán ha demostrado que puede convertir el estrecho en un arma de bloqueo. Un análisis de Bruegel pone negro sobre blanco esa transformación. El think tank plantea que el mercado podría evolucionar hacia un régimen de tránsito supervisado o incluso sujeto a algún tipo de peaje o tasa de paso, una opción jurídicamente problemática pero políticamente imaginable en un mundo más fragmentado y el grueso del coste no recaería sobre el consumidor global, sino sobre los exportadores del Golfo, que absorberían entre el 80% y el 95% de la carga económica.

En otras palabras, el mercado podría recuperar parte de la oferta sin eliminar del todo la nueva prima de inseguridad. Eso explica la reacción de los precios. El mercado ha dejado de valorar el colapso total del suministro, pero sigue descontando una realidad más incómoda: el flujo de petróleo vuelve, pero su estabilidad ya no está garantizada.

Y esa prima no responde solo al riesgo de nuevos ataques o de una ruptura del alto el fuego. También refleja una transformación del comportamiento de compradores, traders, aseguradoras y gobiernos. Tras esta crisis, la seguridad energética vuelve a ser un activo estratégico y eso implica una mayor disposición a acumular inventarios, asegurar rutas alternativas y pagar por redundancia logística.

Por eso, aunque el frente inmediato del petróleo haya mejorado, la reconstrucción de reservas estratégicas, la recomposición de inventarios comerciales y el nuevo impulso a las compras preventivas podrían mantener una demanda estructuralmente superior a la que se descontaba antes de la guerra durante todo el 2026.

Sin embargo, el verdadero cambio de escala de esta crisis no está solo en el petróleo, sino en el daño físico sufrido por las infraestructuras de gas natural, un factor que puede condicionar la recuperación durante años.

Según Rystad Energy, los costes de reparación y restauración de las instalaciones dañadas o paralizadas en Oriente Medio ascienden a, al menos, 25.000 millones de dólares, y esa cifra previsiblemente aumentará. El conflicto ha afectado a una red crítica de activos que incluye trenes de GNL, refinerías, terminales de combustibles y otros nodos clave del sistema energético regional.

El caso más preocupante es el de Catar, donde la destrucción de los trenes S4 y S6 en Ras Laffan ha provocado una reducción del 17% de la capacidad de licuefacción, equivalente a unos 12,8 millones de toneladas anuales de GNL. La magnitud del daño y la complejidad tecnológica de las instalaciones hacen que la recuperación completa pueda tardar hasta tres años.

Rystad subraya que el principal cuello de botella será industrial. Las grandes turbinas de gas necesarias para los compresores principales de refrigeración del GNL solo las fabrican tres grandes operadores mundiales, todos ellos con carteras de pedidos saturadas antes de la guerra, con plazos de entrega de entre dos y cuatro años. Eso significa que el Golfo puede tener capital para reconstruir, pero no necesariamente acceso rápido al equipo crítico que necesita.

En Irán, el problema es mayor. El país sufre un bloqueo de su acceso a tecnología, repuestos y contratistas. Rystad advierte de que la exclusión iraní de las cadenas de suministro obligará a Teherán a depender de contratistas chinos y domésticos. En la práctica, tanto en Catar como en Irán, las prioridades inmediatas ya no serán los planes de crecimiento, sino las reparaciones urgentes.

Más allá de Catar e Irán, el daño también ha sido relevante en otros puntos de la región. Uno de los casos más delicados es el de la refinería de Sitra, en Bahréin, operada por BAPCO, que sufrió impactos en dos unidades de destilación atmosférica y en una zona de tanques. El golpe es especialmente grave porque la instalación acababa prácticamente de culminar un programa de modernización valorado en 7.000 millones de dólares. La recuperación en este caso no dependerá tanto de escasez de equipos o sanciones como de la capacidad de volver a movilizar contratistas internacionales en un entorno con costes inflados por la guerra y seguros de riesgo cada vez más caros. En otros países del Golfo -Emiratos, Kuwait, Irak o Arabia Saudí- los daños han sido más limitados. Arabia Saudí, por ejemplo, ha mostrado una capacidad de reacción muy superior gracias a la profundidad de su tejido industrial y a la disponibilidad de equipos de mantenimiento ya desplegados en campo.

El otro frente abierto es el del transporte marítimo. La firma Xeneta, especializada en inteligencia logística, advierte de que una tregua de dos semanas no basta para devolver el tráfico de contenedores a condiciones previas al conflicto. Las navieras siguen operando con extrema cautela, manteniendo rutas alternativas y evitando comprometer de nuevo su operativa. El conflicto ha desplazado unas 250.000 TEU semanales de capacidad de transporte de contenedores.

Fuente: Ruben Esteller- El Economista

Foto: pedro-farto-JU3wm8Wh7YA-unsplash

Related News

¿Por qué China debe revaluar el renminbi?

Perspectivas energéticas para 2023