
La economía mundial se encamina hacia una escasez estructural de cobre de una magnitud sin precedentes. Las proyecciones apuntan a un déficit acumulado cercano a los 10 millones de toneladas en 2040, equivalente a aproximadamente un tercio de la demanda global actual. Este desequilibrio no es coyuntural ni fácilmente corregible: responde a una combinación de demanda estructuralmente creciente y una oferta incapaz de reaccionar con la velocidad necesaria.
La demanda global de cobre se espera que aumente desde 28 millones de toneladas en 2025 hasta 42 millones en 2040, impulsada principalmente por la electrificación de la economía. Asia concentrará alrededor del 60 % del crecimiento total, reflejando la rápida adopción de vehículos eléctricos, la expansión de redes eléctricas y la modernización de infraestructuras energéticas. A este fenómeno se suma un nuevo vector de presión: los centros de datos para inteligencia artificial, cuya demanda de cobre crecerá un 127 % hasta alcanzar 2,5 millones de toneladas en 2040.
Frente a esta dinámica, la oferta muestra señales claras de rigidez. La producción mundial de cobre alcanzaría un máximo de alrededor de 34 millones de toneladas en 2030, para luego descender gradualmente hasta 32 millones en 2040. En otras palabras, el déficit comenzará a materializarse ya a partir de 2027, intensificándose durante la década de 2030. La razón es estructural: desarrollar una nueva mina de cobre puede tomar hasta 18 años, desde la exploración inicial hasta la producción comercial, lo que hace imposible una respuesta rápida a los desequilibrios del mercado.
Este contexto convierte al cobre en la próxima materia prima estratégica global. No se trata únicamente de un insumo industrial, sino de un factor crítico para la transición energética, la digitalización y la competitividad económica. La escasez prolongada de cobre tendrá implicaciones profundas sobre los costes de electrificación, la velocidad de despliegue de tecnologías limpias y la seguridad de suministro de las economías avanzadas.
En este escenario, gobiernos, empresas y mercados financieros comienzan a enfrentarse a una realidad incómoda: la transición energética y digital no está limitada solo por la tecnología o el capital, sino por la disponibilidad física de materiales clave. El cobre, silencioso pero indispensable, se perfila como uno de los principales cuellos de botella de la economía global de las próximas décadas.
Fuentes: TKL, Agencia Internacional de la Energía (IEA), el Banco Mundial, BloombergNEF, Wood Mackenzie y S&P Global Market Intelligence
Foto: calitore-xPVUA7Jrl58-unsplash
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